Suzanne Vega, un pedacito de Nueva York


La Paloma, Barcelona (Festival Mil·leni). Sábado, 28 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà.

Hacía más de veinte años que no acudía a La Paloma, la mítica sala de conciertos y baile situada en pleno barrio del Raval de Barcelona. Fundada en 1903 (cerró en 2007 y reabrió hace apenas tres años), tiene la etiqueta de ser la discoteca más antigua de Europa. Es algo que uno puede comprobar viendo sus paredes y lámparas, pisando su suelo, y respirando ese entorno bucólico en el que a uno le viene en mente aquello de que “tiempos pasados siempre fueron mejores”. Pero estamos en el año 2026, y a pesar de que son malos tiempos para el mundo, aún nos queda ese refugio inexpugnable que es la cultura.

La cita en cuestión era la visita de la gran Suzanne Vega, quién venía a presentar su último disco del año pasado “Flying With Angels” y a repasar su cancionero clásico. Inmejorable plan para los amantes de la mejor canción de autor. Ahora tiene 66 años pero todos la recordamos cuando lo petó con su segundo álbum “Solitude Standing” (1987) con apenas 28 años, reviviendo la tradición de los sesenta y setenta de los cantautores en una época en la que los pop stars (llámense Madonna, Prince o Michael Jackson) cortaban la pana. Ella nos proponía un pop -folk cargado de poesía, dulces melodías y melancolía. Llegaron los Grammy, la fama y las giras por todo el mundo, pero ella nunca dejó de ser fiel a sí misma, a sus orígenes y a su arte. Han pasado los años y su carrera nos ha regalado coherencia y grandes momentos, y afortunadamente la tenemos en plena forma y capaz de seguir creando grandes canciones.

Es lo que sabía ese público de mediana edad que abarrotaba la sala para ver a la diva neoyorquina en plena acción. Y la verdad es que no defraudó lo más mínimo. Con un formato arriesgado en el que sólo se acompaña por el guitarrista irlandés Gerry Leonard - ojo que este tío también ha tocado con Laurie Anderson y Rufus Wainwright pero sobre todo tiene el mérito de ser el guitarrista de referencia de David Bowie de su última etapa – y puntualmente por la joven violonchelista Stephanie Winters; el directo funcionó muy bien y creó un ambiente que nos transportó a una sala del mismísimo Greenwich Village

Con una entrada en la que se puso el sombrero de copa, la cantante y su escudero abordaron “Marlene On The Wall” de su homónimo debut, a la que le siguieron otras como la experimental “99.fº”, la preciosa balada “Gypsy” dedicada a su primer amor de verano o esa oda al pacifismo que es “The Queen And The Soldier”; piezas lejanas y clásicas presentadas de buen comienzo para que “todo el público se quitara la ansiedad antes de tocar las nuevas”. Unas nuevas que acabaron apareciendo: la pieza que titula el último disco que trata sobre esos ángeles que nos ayudan y empujan a tener valor ante las adversidades y ese medio tiempo titulado “Speaker’s Corner” que defiende el derecho a expresarse y a la diversidad, en unos tiempos difíciles como los que vivimos con el dictatorial Donald Trump, al que quiso reprochar ante el fervor de la audiencia. 

La gala siguió elegante y misteriosa, con Suzanne ataviada con un traje chaqueta y una camisa de topos y alternando su guitarra acústica. A su lado Gerry con su mechón rojo y su look new wave abordando la guitarra eléctrica con grandes solos y llenando los espacios como si detrás hubiera una banda. También la joven Steph con un outfit muy ochentero a lo Cindy Lauper dando lecciones de cello. 

Uno observó que el acercamiento del concierto se repartió entre una parte inicial más íntima y, por decirlo de algún modo acústica, con otra parte central y final más aguerrida y rockera, electrizante quizás. Entre medio unos parlamentos de la Diva que dieron ese formato de Stroyteller tan propio de la vida cultural alternativa en la Gran Manzana. Con muchos momentos defendiéndose en castellano – nos recordó que la crió una abuela de Puerto Rico y que por eso habla el idioma – narró sus aventuras adolescentes, amoríos, su relación con la música de Leonard Cohen, su amistad con Lou Reed y su encuentro y charla con su ídolo Bob Dylan cuando le hizo de telonera. La calma que desprendía, la cercanía y el sentido del humor omnipresente, hicieron del encuentro un entorno mágico y especial.

Pero todo lo bueno se termina, algo que nos dimos cuenta cuando nos regaló la sensacional “Luka” con un primer verso cantado en castellano o cuando sonaron los sámplers de la archifamosa “Tom’s Diner”. Fueron el cierre antes del doble bis en el que se atrevió con una versión de ese retrato de los bajos fondos de su New York, “Walk On The Wild Side”, y cuando quiso que sonara ruido en el escenario gracias a “Blood Makes Noise”. El segundo bis, incialmente iba a ser una sola canción pero por insistencia de los fans añadió una memorable “In Liverpool”, el cierre no podía ser otra que “Rosemary” (tomillo en inglés) compuesta en tierras granadinas con la que busca dejarnos el aroma y el recuerdo de un concierto una vez apagadas las luces. ¡Mágica!