Miguel Ríos: mientras el cuerpo aguante


Sala Mozart del Auditorio, Zaragoza. Miércoles 25 de marzo de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 
Fotografía de cabecera: Samuel Algás. 

Ahora sí que sí. La última edición de Inverfest en Zaragoza, ya más que consolidada como referente en el calendario de invierno de la ciudad, llegó a su fin. Y lo hizo con uno de nuestros valores seguros. Miguel Ríos recalaba en la sala Mozart del auditorio maño para presentar su más reciente disco de título premonitorio, ese "Último Vals" que suena a recapitulación y despedida. Pero no solo venía a presentar sus nuevas canciones, también lo hacía para reencontrarse con un público fiel que, sin buscar una despedida con el músico granadino, sabe que cualquiera de estos conciertos puede ser una buena oportunidad para decirle adiós. Aunque no nos confundamos. Miguel Ríos no va a volver a decir que ésta es su última gira. Algo que ya dijo hace ahora quince años y, como ha podido comprobarse en varias ocasiones, no ha sido así. Miguel prefiere seguir en el ruedo y celebrar cada día, porque sobrepasar los ochenta sin abandonar el rock es en sí mismo una forma de encarar la vida con la mejor de las intenciones. Así que dejemos atrás las connotaciones que primero nos vienen a la cabeza al escuchar eso del "último vals" y permitamos que el rock and roll mande, ese que tan bien encabezó nuestro protagonista con su "Rock & Ríos" o "Rock en el Ruedo", por citar sólo algunos referentes ineludibles.

La presente gira, que arrancó en elegantes teatros de nuestra geografía en los últimos meses del pasado año, llegaba a Zaragoza suficientemente rodada, con una joven banda (entrada en años, sí, aunque es inevitable verla joven al rodear al gigante granadino) de actitud desprejuiciada y virtuosos de los ritmos negros que unen blues y rock. Los "Black Betty Boys", dirigidos por el siempre solvente José Nortes, fueron de menos a más, siempre con buen tino y certeras formas, aunque en esta ocasión, el sonido de la excelente sala del auditorio no fuera el más acertado, por lo que nos perdimos algunos matices que quedaron emborronados por momentos al rebotar entre las majestuosas paredes, más habituadas a las grandes orquestas que a las bandas apoyadas en unos cuantos watios de más. La voz de Miguel también se vio perjudicada por este efecto que opacó el sonido en gran parte de la noche, pero a pesar de ello se impuso su buen hacer y sus infinitas tablas, que consiguieron no enturbiar la velada mucho más allá del tibio arranque de la mano de "Bienvenidos".

Las canciones fueron casi tan protagonistas como los soliloquios a tenor de las mismas. Ríos se mostró muy suelto con las palabras, entre las que no faltaron ni críticas a la nueva política y el sinsentido de la guerra, ni proclamas ecologistas, sin olvidarse de los recuerdos de sus inicios o sus momentos más explosivos con aquel lleno en la Romareda que asustó a más de uno por ser conscientes en ese mismo momento del tiempo transcurrido. Pero no estábamos reunidos para traer con nosotros a la nostalgia. El concierto era la mejor excusa para celebrar que estábamos vivos (a pesar de los dolores repartidos por todos los huesos) y para disfrutar de la gracia del rock and roll, bien en sus formas más clásicas o vestido de blues o swing si la ocasión lo necesitaba. Y es que con una banda tan versátil como la que rodea al maestro (en varias ocasiones cambiaron sus instrumentos sin perder una pizca de solvencia) todo es mucho más fácil. 

Entre los temas que fueron sucediéndose dominó un claro repaso al cancionero que mejor ha definido al rockero más veterano de la piel de toro junto con alguna perla más reciente que convivió sin dificultades entre los clásicos. La emotiva "Oro irlandés" fue un buen ejemplo de ello, al igual que "Si pudiera parar el tiempo", donde inevitablemente a todos nos vino a la mente el paso inexorable de las agujas del reloj que pesan, pero de las que aún podemos sacar momentos irrepetibles, como el de esta misma velada descrita. Porque sabemos que junto a Miguel Ríos nos quedan menos momentos de los que podamos esperar (una vez celebrados los cuarenta años del "Rock & Ríos" no se puede subir mucho más), pero no por ello menos intensos.

No faltaron tampoco algunos de sus clásicos más serenos (para los que se acompañó de una butaca en la que descansar) como "No estás sola", "Vuelvo a Granada" o "El Río", en los que el público se entregó, pero junto a estos hubo otros menos esperados e igual de oportunos como "No es la tierra, estúpido, eres tú" o "Todo a pulmón", en la que Miguel nos regaló la mejor interpretación vocal de la noche. Con las premonitorias "Año 2000" y "Generación Límite" volvió a demostrar que fue un adelantado a su tiempo, encajando de forma inapelable después de tantos años habiendo cruzado el umbral del siglo XXI. Y una vez más nos invitó a vivir durante unos minutos la experiencia de vivir en la carretera (algo que claramente le tiene enganchado) con "El Blues del Autobús", en la que se sumó a la banda Ramón Arroyo de Los Secretos, mostrando otro punto de veteranía y buen hacer con su guitarra en el escenario.

A pesar de que Luis Prado, teclista de la banda, tomara las riendas vocales para dejar descansar por un momento a Miguel interpretando la irónica "Estoy gordo", el concierto estaba llegando a su recta final, que afrontarían en un gran crescendo guitarrero tomando prestada "Insurrección", del Último de la Fila, o el clásico de Moris, "Sábado a la noche". Entre éstas, las más vertiginosas "Los viejos rockeros nunca mueren", "Rock and Roll Boomerang" o "El rock de la cárcel" encadenadas pusieron a todo el mundo en pie. Ya solo quedaba despedirse por todo lo alto con una de sus canciones más logradas y celebradas, la eterna "Santa Lucía", junto a ese broche de oro antibelicista que fue "Himno a la alegría". Una composición eterna que trasciende todos los tiempos que esta vez estuvo precedida de esa plegaria (llamada sencillamente "Oración") escrita por Luis García Montero y convertida en canción por el propio Miguel Ríos hace más de veinte años, que nos puso a todos el corazón en un puño. La mejor forma de cerrar una noche para atesorar entre nuestros recuerdos más vívidos del rock.

No sabría decir si esto fue una despedida o simplemente un hasta luego, pero nos dejó a todos más que satisfechos por presenciar un encuentro más con un músico que no ha perdido ni un ápice de su carisma. Un músico por el que por supuesto que pasan los años, pero no pesan. Porque su eterno espíritu combativo no descansa, pide más cuerda y sigue haciendo única cada canción que afronta con la intención que nació en aquella lejana noche de verano y que aún a día de hoy sigue presente entre nosotros por muchas noches más. No es momento de concedernos el último baile mientras la fuerza del mismísimo Chuck Berry siga fluyendo por sus venas y, afortunadamente, como dice en su canción, "mientras el cuerpo aguante y el swing arda por dentro" parece que el jefe no tiene intención de echar el cierre al garito.