Brown Horse: “Total Dive”


Por: Kepa Arbizu. 

El coqueto condado de Norfolk, situado en la zona este del Reino Unido, dio cobijo como ocasional retiro vacacional a una Agatha Christie, condición curiosamente compartida con Arthur Conan Doyle, que durante mediados del siglo pasado estaba trazando lo que iba a ser la historia más ilustre de la novela detectivesca. Alojada en la mansión propiedad de unos jóvenes amigos médicos, y bajo su docta instrucción respecto a venenos y otras pócimas nocivas, el bucólico contexto de playas edénicas y vetustas calles ejercían como impasibles observadores en el nacimiento de truculentos argumentos. Muchas décadas después, el mismo paraje oficia también de impasible figurante respecto a la existencia de una banda, Brown Horse, “culpable” de haber firmado un estremecedor álbum, “Total Dive”, alimentado de un turbio espíritu delineado, y pese a a su procedencia inglesa, por el rock americano. De nuevo, aquellos parajes que arrullaron a la “dama del misterio”, hoy vuelven a ser el escenario para una colección de cadáveres anímicos.

Ser conscientes -y estar decididos a exprimirlo- del buen momento por el que transita una banda deriva de forma natural en la fecundidad creativa, un hecho avalada por la trayectoria de este cuarteto, que ha transformado sus tres años de biografía discográfica en la publicación del mismo número de trabajos, cifras que representan, sin ningún riesgo de equívoco en el diagnóstico, una evidente ebullición artística. Estajanovismo compositivo que, pese a la poca distancia temporal entre sus alumbramientos, es capaz de delatar una evolución que concierne, sobre todo, a este recién editado material, que hace de su manto crepuscular y herido un rasgo por un lado distintivo y por otro el matiz protagonista que parecía estar demandando su obra para alcanzar la excelencia. A pesar de que sus ritmos, enclavados en un imaginario clásico fortificado entre rasgos eléctricos, siempre se han enfrentado a ese suspiro trágico, al que lograban extirpar alguna media aparición luminosas, su producción más reciente capitula frente a cualquier escape optimista para dejarse embriagar por las sombras. Haciendo alusión a su título, más que una total inmersión, estamos ante un absoluto descenso hacia el ocaso, derrumbe que paradójicamente se yergue monumental en su aspiración musical. 

Lejos de ese déficit colectivo que define la condición de muchas bandas, convertidas en una reunión de músicos entornos a la batuta rectora empuñada por un líder, Brown Horse encarna la opción opuesta y más ligada a la esencia de un concepto comunitario, siendo la rúbrica de los temas prácticamente un ejercicio desarrollado de forma alícuota por sus integrantes, del mismo modo que su estructura vocal no se puede entender sin el juego de tonalidades que representan Patrick Turner y el contrapunto femenino asumido por la colaboración de Neve Cariad. Ambos, desde diferentes coordenadas pero confluyentes en su ánimo, enuncian un repertorio que oficia de hogar para zorros muertos en la cuneta, solitarias máquinas expendedoras de alivio rápido o áreas de descanso que más bien parecen paradas de corazones vacíos. Presencias observadas por los focos de un automóvil que, en su ruta noctámbula, orienta sus pupilas metálicas hacia una pasarela de almas errantes. Un contexto, por supuesto enhebrado principalmente por el ámbito musical, pero que significa también la “internacionalización” del gótico sureño, convirtiendo el bucólico paisaje originario de la banda en tierra fecunda para la narrativa de Carson McCullers o Donald Ray Pollock. Escritura que recoge a su manera igualmente los fogonazos en blanco y negro emitidos por las instantáneas de Walker Evans o Dorothea Lange. Una demostración palmaria de que hay una población de espectros vivientes que se comunica con los diversos dialectos pertenecientes a un mismo lenguaje estepario. 

“Total Dive” funciona como un dolorido relato en clave de rock dividido en capítulos transmisores de diversas temperaturas dramáticas. Tonalidades de incertidumbre inauguradas por la explosión de violencia contenida en “Sorrow Reigns”, que comparte su interpretación de afligida delicadeza con el quebrado llanto de unas rudas guitarras custodiadas por Jason Molina -uno de los puntales sobre los que se inspira el álbum- pero también por la virulencia de Come. Agitación eléctrica que implora clemencia, servida por otro de los estandartes de este repertorio como es Neil Young o el remanso desgarrador que caracteriza a Silver Jews, en “Comeback Loading”, una polaroid enmohecida por un paso del tiempo del que es imposible borrar la sombra del dolor. Un manto de incomodidad emocional que se transforma en la funerario nostalgia recitada en "Heart Of The Country", donde esos poemas guardados en una bandeja de galletas a los que se alude han fermentado hasta el punto de presentarse como un fantasma de andares tan inquietantes como majestuosos. 

Teniendo a las guitarras, y sus amplificadores en forma de eco crepuscular, como prioritaria tutela instrumental, hay detalles que completan y aumentan la cavernosa profundidad de este paisaje, una labor adjudicada a unos teclados que, desde su aprente papel secundario, en “Wreck” o “Heavy” se desplazan bajo una insinuante fatalidad. Detalles que se suman a los momentos donde esa raíz country, que brota eludiendo la tierra más yerma y árida, aflora en “Twisters”, bajo el amparo tendido por bandas que van de Uncle Tupelo a Drive-By Truckers, o en un tema homónimo, donde se puede sumar a la ecuación incluso Lucero, que ejerce como panorámica de una fotografía de desheredados y vagabundos no necesariamente carentes de domicilio fijo. Una desdichado corte que invoca como única fuerza motriz la asepsia emocional, asumiendo la derrotista sentencia de donde no hay sentimientos es más difícil que crezca el dolor. 

Brown Horse, con este disco, se sitúa en ese paraíso de exiliados que ponen sus artes creativas al servicio del lamento más profundo. La banda británica ha convertido la notable expresividad demostrada en pretéritas grabaciones en un monumento tallado sobre negro, un homenaje a los caídos cotidianas, a esos antihéroes que, paradójicamente, han alimentado infinidad de composiciones en la historia del rock, pero de las que solo unas pocas, como las integradas en este álbum, son capaces de bautizar al oyente como protagonista de esta legión de caminantes al filo del derrumbe, porque probablemente, cada cual a su manera, todos pertenecemos a ella.