Steve Cradock (Ocean Colour Scene): ""Moseley Shoals" todavía suena como un disco underground"


Texto: Àlex Guimerà.
Fotografías: Brian Sweeney.

Una de las mejores bandas surgidas en el Reino Unido en los noventa es sin duda los Ocean Colour Scene, una formación que ha continuado a lo largo de los años y que la fortuna ha querido que este mes de septiembre los tengamos por nuestro país recuperando íntegramente el que es su mejor álbum "Moseley Shoals" para conmemorar su 30 aniversario. Nos atiende un calmado Steve Cradock con el que conversamos para repasar la historia de su banda, haciendo patente una elegancia y una humildad no propia de alguien con sus galones. 

Fechas y Ciudades de la Gira española de 2026: Valencia: 25 de septiembre en La Marina Norte / (VISOR FEST) Madrid: 26 de septiembre en La Riviera (con The Gulps) / Santander: 27 de septiembre en Escenario Santander (con The Gulps) / Málaga: 29 de septiembre en el Teatro Cervantes Sevilla / 30 de septiembre en la Sala Custom. Gijón / 2 de Octubre en Teatro Albéniz y 3 de octubre Concertos do Marisco en O Grove.

Los amantes del pop británico de los noventa no pueden perderse el Visor Fest que tendrá lugar en Valencia los días 25 y 26 de septiembre y que a parte de nuestros protagonistas tienen en su cartel, entre otros, a Manic Streel Preachers, Gene, New Model Army, Ride y las leyendas del punk The Damned

Han pasado 30 años desde el álbum os cambió la vida "Moseley Shoals". Cuando estabais grabando el riff de "The Riverboat Song" en los estudios de Birmingham, ¿os podíais imaginar que ese sonido definiría a una generación? 

Steve Cradock: No, no, eso es imposible. Pensábamos que "The Riverboat Song" era una especie de jam session underground de blues, ¿sabes?, así que realmente no pensábamos que fuera a ser comercialmente viable. Pensábamos que encajaba con la música que nos gustaba, como "Green Onions", de Booker T. & the M.G.'s, o, ya sabes, ese tipo de sonido swampy y underground; además, ni siquiera es una canción que puedas bailar porque está en un compás de 6/8. Jamás habríamos pensado algo así, pero supongo que el hecho de que saliera en lo de TFI Friday, el programa de televisión de Chris Evans, donde usaban ese riff de guitarra cuando entraban los invitados, hizo que se convirtiera en algo más grande de lo que realmente es. 

¿Y cómo ha cambiado tu relación con estas canciones después de tres décadas tocándolas? ¿Hay detalles en temas como The Circle, The Day We Caught the Train o One for the Road que hayas descubierto recientemente? 

Steve Cradock: Ah, bueno, afortunadamente nunca nos cansamos de tocarlas. Creo que es porque el público siempre parece acoger esas canciones con mucho cariño. Así que eso lo mantiene todo muy fresco, y tenemos mucha suerte de que sea así. 

El álbum suena atemporal, muy fresco y con una producción muy clásica. ¿Es ese el secreto del álbum y la razón por la que ha envejecido tan bien en comparación con otros de los 90 con producciones más complejas? 

Steve Cradock: Este disco ha envejecido muy, muy bien. Sí. Te diré lo que pasó: grabamos gran parte del disco nosotros mismos en un estudio muy básico. Y creo que eso le da su carácter, porque no sabíamos lo que hacíamos. Éramos aficionados a la hora de grabar. Luego Max Hayes y Brendan Lynch, que eran el productor y el ingeniero de Paul Weller, vinieron a Birmingham y ellos son los responsables, obviamente, de cómo suena el disco, en el que hay bastantes reverbs psicodélicas. Y supongo que otras bandas de la época iban a esos estudios del centro de Londres donde pagaban mil libras al día. Y todo acababa teniendo un sonido genérico, ¿sabes? Aunque las bandas fueran diferentes, todo sonaba igual y siempre estaba producido por un productor de renombre. Creo que lo que intento decir es que "Mosley Shoals" todavía suena como un disco underground. Todavía puedes notar que no es perfecto. Y eso es lo que le da su carácter. 

Como fan de los Beatles desde la infancia, os descubrí un poco tarde, en el año 97 con vuestro tercer álbum, "Marchin' Already". Y me quedé alucinado porque sonabais y os vestíais como las bandas de los 60 que me encantaban: Beatles, The Byrds, Small Faces...Para mí, erais la banda de Britpop —esa etiqueta que usaban para vuestro movimiento— que mejor conectaba con el pasado del rock. ¿Estás de acuerdo? 

Steve Cradock: Sí, tal vez. Creo que todas las bandas están influenciadas y cogen cosas del pasado. Me refiero a que Oasis ciertamente lo hizo. Pero supongo que esa es probablemente la razón por la que no le gustábamos a la prensa británica, tal vez porque éramos retro en cierto modo. No éramos vanguardistas, obviamente. Pero no nos avergonzábamos de ello. Éramos una banda de rock de cuatro piezas y no estábamos inventando la rueda ni nada por el estilo. Solo tocábamos las canciones que escribía Simon y las tocábamos bien. Era un gran grupo y pienso que aún lo seguimos siendo. Y ¿por qué intentar ocultar tus influencias? Creo que es importante reivindicar a todos esos grupos increíbles de los 60, como The Kinks, Small Faces, The Who. Y luego tienes a los Beatles y a los Stones, ya sabes, The Zombies, The Yardbirds. Pienso que sería una pena ni siquiera mencionarlos.

Aparte de los dos álbumes mencionados, "Marchin' Already" y "Mosley Shoals", tenéis canciones increíbles que son auténticos himnos: "Mechanical Wonder", "So Low", "Profit in Peace", "Up on the Downside"... ¿Cuál era el proceso de composición en Ocean Colour Scene? 

Steve Cradock: Bueno, había dos formas, supongo. Simon venía con una canción y nosotros tocábamos sobre ella. Hacíamos una jam hasta que le cogíamos el punto. La otra forma es cuando de entrada construíamos la canción instrumentalmente en el estudio, que es lo que pasó con temas como "The Riverboat Song", "Hundred Mile High City" o "You've Got It Bad", donde era más un proceso de improvisación. Y luego Simon conectaba con eso y escribía la letra. 

Y tenéis otro álbum que considero una joya oculta en vuestra discografía, al menos para mí, "North Atlantic Drift", que me parece perfecto de principio a fin. ¿Qué piensas de ese álbum? 

Steve Cradock: Creo que está bien. Aunque no creo que sea genial. En esa época empezábamos a estar cansados. Además ya no estábamos en nuestro estudio por aquel entonces. Estábamos grabando en Londres, y creo que ese fue el último álbum de Damon, que se estaba volviendo infeliz en el grupo. Así que no es uno de mis favoritos, para ser sincero. Si que pienso que hay un par de canciones buenas. 

Ya que hablas de la marcha de Damon y que Simon, Oscar y tú seguís juntos después de 30 años. ¿Cuál es el secreto para manteneros juntos a través de giras, éxitos y cambios en la industria musical? 

Steve Cradock: Simplemente llevarnos bien, ser amigos de verdad, tener mucha historia juntos. Y a todos nos sigue encantando tocar juntos. Y cuando nos enchufamos y tocamos, simplemente se convierte en el sonido de Ocean Colour Scene. Sé que es algo obvio, pero eso es de lo que se trata entre nosotros tres. Y, me hace gracia cuando ocurre. Porque toco con otros músicos y siempre es algo diferente, pero tan pronto como Simon, Oscar y yo nos sentamos a tocar juntos, volvemos a conectar con ese sonido. 

No puedo resistirme a hacer esta pregunta. Desde el año 2013 con el álbum "Painting", Ocean Colour Scene no ha sacado un nuevo álbum de estudio. ¿Existen planes de entrar al estudio para un nuevo álbum pronto? 

Steve Cradock: Sí, sí, estamos en ese proceso. Después de los conciertos en tu país, vamos a hacer una gira por el Reino Unido en noviembre y diciembre de este año, y vamos a vender un sencillo de siete pulgadas con dos canciones nuevas. Y con suerte, tal vez saquemos un par de sencillos el año que viene y luego hagamos el álbum. O sea que si que va a pasar. 

¡Muy buenas noticias! En los últimos años, también has estado de gira con Traveller's Tunes en un formato acústico e íntimo, tocando canciones de tus álbumes de estudio y temas de Ocean Colour Scene. ¿Qué significa esta experiencia para ti? 

Steve Cradock: Hice 45 fechas por Inglaterra e Irlanda y fue algo familiar. Así que mi mujer cantaba y tocaba la percusión, mi hijo Cass tocaba la guitarra, la flauta y los teclados, el piano, y mi hija vendía el merchandising. Y viajamos por el país en una especie de autocaravana. Fue un asunto familiar y fue todo un logro. Ya sabes, a la gente le encantó. Fue bastante emotivo. Fue genial. Hace unos años os vi en Barcelona en el Hard Rock Café en dúo con Simon. Y antes de salir con Simon tocaste con tu mujer vuestras propias canciones, una música muy bonita y una actuación muy buena. Sí, no recuerdo qué año fue. Creo que en el año 2009 o 2010, tal vez. Sí, lo recuerdo. Sí, fue divertido. 

En esa época también os vi con la banda completa en Dublín, un concierto muy bonito e intenso. No recuerdo el nombre de la sala...

Steve Cradock: Creo que en el Olympia, lo recuerdo. 

Sí, exactamente. 

Steve Cradock: Sí, es un recinto fantástico. Sí, muy concurrido. 

Recientemente has publicado tu libro, "Traveller's Tune". ¿Puedes hablarnos de qué se trata?

Steve Cradock: Bueno, en realidad no es un libro de memorias. No quería hacer eso. La idea de músicos escribiendo minuciosamente sobre su vida no me interesa en absoluto. Pero lo que hice fue expandir sobre eso. Solo fue para divertirme un poco, en realidad. No es algo muy serio, es bastante desenfadado y está lleno de grandes fotos de Tony Briggs y Lawrence Watson. Así que es un paquete, el libro en si, es muy bonito. 

Durante décadas has estado tocando con "The Modfather", uno de los mejores ejemplos, uno de los otros mitos de la música británica y uno de los mejores ejemplos de madurez artística. Paul Weller sigue sacando grandes álbumes casi todos los años. Y tú estás trabajando con él en estos álbumes, álbumes muy, muy buenos. ¿Cuál es la mayor lección que te ha enseñado Paul? 

(se toma su tiempo para pensar) Steve Cradock:  Escuchar. Sí, simplemente escuchar. Escuchar lo que pasa. Escucharlo todo. Es bastante simple. 

Eres uno de los mejores guitarristas británicos de los últimos 30 años y muchos han visto en tu forma de tocar una conexión con la elegancia de George Harrison, el toque de Steve Marriott y la sensibilidad de Peter Green. ¿Es este tu mayor legado en la música? 

Steve Cradock: Bueno, si tú lo dices... No lo sé si es mi legado, tal vez. A mí lo que me interesa son los discos. Soy un fan de los discos y me gusta hacer discos. Produje el álbum de P.P. Arnold que salió en 2019 llamado "The New Adventures of P.P. Arnold" y los últimos discos de Paul Weller, "66" y "Finding El Dorado". Así que hacer eso a lo mejor es mi legado, no lo sé. No me importa mucho en realidad pensar en si dejo un legado. Solo sé que eso es lo que me gusta hacer. 

Sabemos que tienes una buena colección de guitarras ¿cuáles son tus favoritas? 

Steve Cradock: Sí, tengo algunas guitarras buenas. Me encantan mis Gibson 335, de las cuales tengo dos, y la Les Paul Goldtop. Tengo la Rickenbacker de The Jam que Paul me regaló por mi 30 cumpleaños. Esa es muy especial para mí. 

La Rickenbacker fue una guitarra muy importante para los Beatles y para The Byrds y transformó el sonido; tú conectaste con esta transformación del sonido rock en los 60, cuando los Beatles crecieron y The Byrds transformaron la música de Bob Dylan y esa forma de tocar la Rickenbacker, la escucho en tu música. 

Steve Cradock: Es una guitarra formidable y me gusta su sonido. 

Y mirando hacia atrás ¿cuál ha sido el momento cumbre de tu carrera? 

Steve Cradock: No lo sé. Supongo que "Mosley Shoals" fue un disco importante y luego "Marchin' Already". Esos dos discos, en el 96 y el 97. Ese fue el punto álgido para nosotros, creo. Así que, no sé, tal vez eso. No sé la respuesta a esa pregunta. 

Bueno, muchas gracias por tu tiempo y esperemos poder ir a vuestros conciertos en septiembre y tal vez el año que viene para la presentación del nuevo disco. Os escuché en Barcelona tocando entero el "Mosley Shoals" hace diez años y fue fabuloso. 

Steve Cradock: Gracias, un placer conoceros.

Vive Latino‘26: Caluroso contraste sonoro


Recinto Expo, Zaragoza. 4 y 5 de septiembre de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé.  

En uno de los fines de semana más calurosos que se recuerdan en un mes de septiembre por estos lares, Zaragoza se dispuso a acoger la quinta edición del festival Vive Latino. Una edición variopinta por su oferta dispar, pero una vez más exitosa y cargada de momentos para guardar por mucho tiempo en nuestras retinas. Hay que advertir de que esta quinta edición, que consolida con firmeza el Vive Latino en la capital aragonesa, ha sido la menos latina, todo sea dicho. Las formaciones del otro lado del Atlántico no han tenido apenas cabida en los escenarios principales, echando de menos grupos de aquella escena difíciles de ver por nuestra tierra y que este festival nos ofrecía la oportunidad de tenerlos cerca. No ha sido esa la prioridad y se han impuesto los artistas nacionales de gran recorrido, de Loquillo a La M.O.D.A. Lo más inesperado podía ser el tontipop de Ojete Calor o la veteranía de Buena Vista All Stars desde Cuba.

Esta vez no pudimos disfrutar de la oferta del viernes, donde destacaba el clasicismo de Loquillo y M Clan como abanderados del rock sin fronteras, así como el pop más edulcorado de Amaia o el emblema generacional en el que se está convirtiendo Rigoberta Bandini. Lo que no fue normal es que una artista de la talla de Julieta Venegas fuese programada para las seis de la tarde, con el inmenso calor cayendo sin medida sobre la explanada del escenario Ambar, el más grande del recinto, pero como decía antes, mandaba lo patrio olvidándonos en cierta medida de la relevancia internacional de carreras como la de la mexicana.

El calor no perdonó tampoco durante la jornada del sábado, pero aquí el Giradiscos sí que pudo ser testigo de casi todo lo que se coció en el recinto Expo. 45.000 personas según la organización. Sin lugar a dudas, un éxito. A decir verdad, se notó mucho más lleno que en anteriores ediciones, ya que el escenario del anfiteatro Expo, de nombre Caja Rural de Aragón, tuvo que cerrar sus accesos en varios conciertos.

Algo que se percibió desde el primer momento fue el gran contraste entre oferta sonora y público al que iba dirigida. B.V. All Stars alentaron a mover las caderas mientras iba llegando el público al recinto al son de ritmos cubanos, habiéndose detenido previamente los más madrugadores en el punk melódico de los zaragozanos Multipla, que seguro darán que hablar con la inminente publicación de su primer LP. La cosa se puso seria rápidamente con el acertado verbo combativo de Biznaga. Su explosividad llamando conciencias dejó la nota más visceral y antifascista del día, reivindicando la vigencia de los temas tratados en su más reciente disco, “Ahora!”, con unas canciones que les mantienen en el debate de lo que verdaderamente importa en nuestra cuestionable sociedad. Nos pusieron los pelos de punta con “Una historia de fantasmas” o la más melódica “Espejos de caos”, y con su grito que increpa para que no perdamos nunca el entusiasmo, que es en sí mismo la resistencia, pusieron fin a un concierto compacto pero renovador, directo y arrebatador, con una actitud que recoge el testigo de los Ilegales junto a las acertadas trazas de los Clash.

Todavía con un sol intenso cayendo sobre el anfiteatro Expo, Veintiuno congregó a una enorme cantidad de público que supo entender su propuesta pop cargada de teatralidad, pero por encima de todo de grandes canciones. En una versión reducida (por aquello de la escasa duración de algunos conciertos en estos festivales) nos llevaron de la mano de “Delirio y Equilibrio”, que nos invitaron a su último baile. Diego provocó al público con carreras entre las primeras filas y se metió a todos en el bolsillo al afirmar que este anfiteatro era uno de los escenarios más bonitos donde habían tocado este año. A decir verdad, este recinto, que acogió los numerosos conciertos de la Expo del agua zaragozana del año 2008, sigue luciendo espectacular, y más si lo encontramos lleno hasta la bandera, como sucedió para presenciar la actuación de la banda toledana. “Perder los modales”, “Troya” o “Pide un deseo por mí” se mostraron ya como auténticos himnos a pesar de su juventud, pero no se olvidaron de sus clásicos como “Cabezabajo” o la más funky “Dopamina”, que nos hicieron recordar de dónde viene el mérito de este grupo que es cada vez más grande.

El atardecer reinaba entre las nubes y en ese preciso momento Álvaro de la Fuente, más conocido como Guitarricadelafuente, se apoderó del escenario principal como si hubiera nacido para habitarlo. ¡Qué dominio de la escena y qué manejo del público! Lo suyo es la provocación cubierta de pose pero sin perder un ápice de autenticidad. Controla y dirige todo lo que está en su mano, desde el poder escenográfico de un pie de micro hasta la sensibilidad arrojada desde su silla retorcida mientras rasga la guitarra. Acaparó toda la atención de ese escenario dividido entre un telón metálico y una gran pantalla y nos hizo partícipes de su particular “rodeo” en un show que no deja indiferente. 

“Spanish Leather” fue el protagonista absoluto, desde el arranque con “Full time Papi” hasta la elegancia de “Tramuntana” y la sensacional “Babieca!”, pero no se olvidó de dónde viene, atacando con alguna interesante variación “El conticinio” o “Agua y mezcal”, donde aprovechó todo el potencial de su joven banda, al igual que supo despojarse de todo lo accesorio y afrontar “Abc” o “Guantanamera”, que nos puso a todos los pelos de punta. En algún momento agradecimos el detalle de mostrarnos la letra impresa en pantalla, como ocurrió con “Mataleón”, ya que su dicción a veces nos complica poder apreciar todo el significado de sus canciones sin apoyo. Y a pesar de que patinase en la afinación en la primera parte de “Tramuntana” (algún fallo en los in-ears que todo el público supo entender al cantar la estrofa completa hasta que Álvaro volvió a tomar las riendas) nos conmovió con esa mezcla tan acertada y única de contemporaneidad y emoción que destila “Babieca!”, una de sus composiciones más interesantes con el permiso de “Guantanamera”, que sirvió para cerrar un concierto inmenso y una etapa que le ha llevado a lo más alto. El lugar dónde debe estar. Bien merecido, por otra parte. Y es que, como señaló Álvaro, a la gira de “Spanish Leather” (o la gira del potro, como muchos la recordarán) le quedan muy pocas fechas y junto a esto, la noche en el Vive Latino se hacía más especial por encontrarse rodeado de familia, que para eso Álvaro tiene sangre aragonesa. Proclamó su amor por esta ciudad (donde se encontraba la discoteca de nombre Babieca en la que se conocieron sus padres) y por Aragón como tierra, que es también su casa, lo que invitó a que se despidiera cubierto por la bandera cuatribarrada aragonesa. Un detalle más para hacer inolvidables esos setenta minutos con los que llegó la noche.

En un giro de 180 grados, Ojete Calor convirtió el Vive Latino en una terapia para viejóvenes donde se dieron cabida desde el revival cañí de las clásicas de nuestro folclore al oportunismo de “Mocatriz”, “Opino de que” o “Qué bien tan mal”. Este dúo que trasciende lo musical no da puntada sin hilo y nos sedujeron desde sus estrafalarios outfits hasta su incitación desmedida, tan necesaria en estos tiempos donde parecemos querer tomarnos siempre demasiado en serio. En realidad, necesitamos gritar mucho más “Tonta Gilipó” que manidas proclamas demagógicas. Solo por eso son tan necesarios los conciertos de Aníbal Gómez y Carlos Areces.

A continuación, el escenario principal del festival se llenó de simbología católica y redencionismo extremo para invitar a Siloé, el trío pucelano que contrastó de forma radical con todo lo vivido hasta ese momento en el recinto Expo. Su espectáculo, dividido en partes presididas por citas bíblicas, comenzó con la del evangelio de San Juan “Al principio del todo era la palabra” junto a varios crucifijos en forma de led (incluido el pie de micro de metacrilato también en cruz que emplea Fito Robles). Su perspectiva judeocristiana chirriaba en muchos porque, aunque nos manden a todos “a tomar por culo” en uno de sus temas más celebrados (“Si me necesitas, llámame”), se impone cierto postureo forzado entre el mesianismo de los U2 de los ochenta y la potencia de unos Supersubmarina que intentan imitar a toda costa, pero de los que se quedan muy lejos. La electrónica es su punto fuerte, aunque pare ello tengan que abusar de unos recordings que parecen no importar a sus fieles devotos (se veían multitud de camisetas de la banda en el recinto), pero que les hacen perder empaque. En ocasiones pecan de un exceso de sofisticación, como cuando Xavi usa el arco de violín para frotar las cuerdas de la eléctrica como si emulara a Sigur Rós (aunque ni una cuarta parte de sus seguidores sepan quiénes son los islandeses) o cuando utilizan la pantalla tripartita en blanco y negro como recordando el “Elevation Tour” de U2. Pero no les importa, se deben a su público, que se desgañita mientras corea ese “Saca plaza fija en el salón de mi casa”, una imagen que me parece de lo más desafortunada por sonar casi segregadora, o “Las cosas que no hacemos bien son las que nos definen”, en la que se deja bien claro ese pesar por arrastrar la culpa, tan propio de la moral cristiana. No, no consiguieron seducirme a pesar de los coros de estadio o de su particular versión del “Personal Jesus” de los Depeche Mode. Se los dejo a los limpios de corazón mientras me quedo persiguiendo los besos que ellos predican en otros lares, como los que sí encontré con Ultraligera, quizá el grupo que más ha crecido en el último año en nuestro país.

El grupo madrileño es un auténtico torbellino. Después de verles algo pasados de vueltas hace apenas un año, esta vez habían ganado credibilidad en su actitud desmedida y un mayor control de la escena y las emociones. Gisme se entregó como siempre, dándose un baño de masas y arrojándose desde el escenario al público con toda su chulería en “Pelo de Foca”. Una actitud arrogante que cada vez nos gusta más (hasta le dan un punto macarra esas trenzas que lucía), aunque también supo tocar la tecla emocional en una de sus composiciones más sensibles y acertadas, “Cuando todo vaya mal”. Desplegaron toda su artillería en canciones como “Me miras mal” o “Recuerdos del Baile” y dedicaron todo el tiempo que requería (a pesar de tener un timing reducido por tratarse del set de un festi) para reconocer la labor de cada uno de los músicos que forman la banda, del personal que les acompaña y del público, cada vez más numeroso, que les arropa. No hay parangón, son la banda de rock del momento y el público del Vive Latino supo reconocerlo al desplegar banderas con los logos del grupo mientras pedían a gritos el escenario principal para ellos. Anunciaron que ahora se van a México, pero a la vuelta seguirán haciendo rodar este “Lapsus” y aireando “La Basura”, que son ya patrimonio del rock en castellano.

Una jornada de Vive Latino es una carrera de fondo, un puerto de primera, una escalada sin descanso. Por eso, a pesar de solo asistir a los conciertos del sábado quedé plenamente satisfecho, a la par que exhausto, cuando tras pasar siete horas seguidas fui consciente de que no había tomado aire ni un segundo, pero éste no era el momento de parar. Quedaba La M.O.D.A., que sin ofrecer nada que no se intuyera, no iban a defraudar. Y así fue. Su energía supuso el estímulo necesario para aguantar en lo más alto al compás de su ritmo constante y desenfadado y su estimulante folk, que si bien concedió espacio a sus más recientes composiciones, como la enérgica “No te necesito para ser feliz” o la costumbrista “Alsa pa Madrid”, hizo las delicias de todos los presentes con sus clásicos incontestables, desde “Catedrales” a “Himno Nacional” o “1932”. No faltaron los rótulos en las pantallas con sus letras impresas para invitar a corearlas hasta al más despistado. Continuaron con su particular reivindicación de las raíces en su revisión de la tradición con “Miraflores” o “Mañana voy a Burgos”, pero cuando más subió esa olla a presión en la que se convierte el combo castellano fue con “PRMVR”, “Nómadas” o su himno generacional “Héroes del sábado”, canciones que son ya rocas firmes a las que agarrarse contra viento y marea.

Lo dicho, ¿hubiera sido más coherente apostar por un cartel más equilibrado entre artistas de un lado y otro del Atlántico? Probablemente. Sin embargo, y a tenor del éxito inesperado de esta edición, está claro que el público quiere una apuesta segura. Más tirón donde entren todos los públicos junto a alguna apuesta puntual por el riesgo, la reivindicación o la transgresión estilística. Eso o que definitivamente los festivales de nuestro entorno son ya patrimonio del pueblo, un lugar donde celebrar y reunirse con un cartel de artistas que no incomoden de fondo y a los que poder acercarse mientras no nos priven de la conversación o la gastronomía para instagramear que ofrecen las ya manidas foodtrucks. Pese a esta actitud a desterrar, para mí, sin duda alguna, los festivales siguen siendo grandes oportunidades para reunir a artistas con los que poder sorprenderte en un corto periodo de tiempo, y ¡¡que se quiten de enmedio photocalls y comidas del mundo!! Por eso y por encima de todo, lo que no se me olvidará de esta edición seguirá siendo la punzada en el pecho que me provocaron Biznaga, la teatralidad pop de Veintiuno, la renovación transgresora de la tradición que tan bien domina el joven proyecto de Guitarricadelafuente, la garra y el punch de Ultraligera o la magia del folk que es sinónimo de cultura popular defendida por La M.O.D.A. Eso es: Música. Nada más y nada menos.

Lambchop: “Punching the Clown”


Por: Kepa Arbizu. 

Ni la contemplación ni el silencio, entendido no  como la total ausencia de sonido, sino como reducto entre el eclipse de los sentidos que genera el ruido arrítmico rutinario, son valores en alza para el "modus vivendi" impuesto en los tiempos actuales; tampoco en el ámbito musical. Dos elemento que en el caso del nuevo álbum de Lambchop, “Punching the Clown”, se presentan como troncales a la hora de catalogar su identidad. Un trabajo que sin embargo tiene su génesis en un acontecimiento común para casi toda persona, más todavía si nos referimos a oyentes habituales de música, como es la inesperada aparición de una canción desconocida que queda registrada en nuestra memoria y de la que hemos sido incapaces de descifrar su autoría. Tal “misteriosa” aparición, sucedida en el entorno de Kurt Wagner, exclusivo “propietario” del proyecto, se convirtió en el nudo gordiano de un álbum que comenzó a gestarse a través de ese impulso y la necesidad de trasladar a su propio imaginario aquella melodía que había sacudido su vida.

Dicha investigación, infructuosa a la hora de revertir ese anonimato, concluyó sin embargo con el descubrimiento, y posterior estudio, de los llamados "lining out", un canto comunitario "a capella" que, nacido en las iglesias británicas del siglo XIX, tejía un particular diálogo entre los versos interpretados: la formulación de uno de ellos desde el púlpito era respondido con otro por la congregación. Una primigenia ascendencia que no deja de ser el origen de la música popular afroamericana, y que en manos del blues o del jazz se ha convertido en idioma universal. Un legado que la mejor manera de ser honrado por el compositor norteamericano ha consistido en, bajo las formas identificativas que maneja un proyecto con la envergadura propiciada por más de tres décadas de ilustre carrera, recrear esa misma morfología apoyada en un escueto acompañamiento cedido al banjo. Una alquimia sustentada por el profundo rango recitativo de su intérprete, maestro de ceremonias predilecto para -conjurando episodios vernáculos- convertir sus cuerdas vocales en un paisaje que transforma su remanso atmosférico en un universo sensitivo.

Con una discografía que ha discurrido entre la opulencia, el minimalismo e incluso adaptaciones a la tecnológica contemporaneidad, nada tiene de insospechado encarar un nuevo capitulo de Lambchop como el descubrimiento de otro camino inédito. Pero el avistamiento en este caso atiende incluso a una mayor perplejidad teniendo en cuenta que alguno de sus más directos precedentes, como “FLOTUS”, se había rendido a los encantos artificiales del auto-tune, haciendo que el sucesor de esa fría humanidad sea el casi antagonismo representado por un celestial coro, encarnado en dos formaciones distintas a lo largo del álbum. Particularidades, y genialidades, de un compositor que si algo ha demostrado, y confirmado como aptitud rectora de su creación, es la disposición a no alinear su nombre tras un sonido determinado ni encapsulado, por mucho que sea un folk de corte intimista el que pivote, bajo estructuras variadas, alrededor de su imaginario. Un estilo que en “Punching the Clown” asume su formulación más pura y orgánica, tanto que gracias a esa particular desnudez consigue recrear un tipo de ambiente difícilmente atribuible a otras propuestas, salvo la excepción que dictan Mark Kozelek o Bill Callahan, y una magistral vindicación de los espacios aparentemente callados como fuente de vida e incertidumbre.

Esa suerte de adelgazamiento sonoro, que conduce a un territorio donde los ritmos quedan suspendidos entre silencios, alcanzado tras el mencionado estudio de estructuras tradicionales, es una ecuación asumida igualmente por los textos. La escritura de ellos, tras un voraz instrucción sobre biografías y técnicas de otros compositores, respondió a un proceso constante de reformulación, lleno de borradores rechazados, que solo tras la incorporación en su creación de su habitual colaborador, Blake Morgan, alcanzaron el resultado deseado. Una determinación en busca de la excelencia que confiere a esa lírica una condición que le excluye de asumir el papel de un simple complemento para convertirse en parte sustancial a la hora de generar la idiosincrasia del trabajo en su conjunto. Del mismo modo que instrumentalmente asistimos a una invisibilización de lo superfluo, narrativamente, desde una visión más o menos poética según la ocasión, discurre en un tono prosaico, otorgando el protagonismo a personajes a los que la historia les ha vuelto imperceptibles, a pesar de representar a la inmensa mayoritaria. Asomando a la ventana donde esa “legión anónima” entona sus celebraciones cotidianas, Kurt Wagner, como en las páginas de Chris Offutt, Carson McCullers o Lorrie Moore, eleva a hecho artístico la muda coreografía de sus movimientos.

Sin desmerecer las aptitudes y el sentimiento que es capaz de darle a las cuerdas del banjo Justin Vernon (Bon Iver), encargado de dicho instrumento a lo largo de todo el álbum, quienes ostentan la brújula del destino emocional del disco son los dibujos vocales, ya sea los trazados por su intérprete principal o los dictados por su corifeo. Una mixtura, similar en concepto aunque bajo distintos preceptos a la esgrimida por Howe Gelb en aquel ya lejano “Sno Angel Like You”, musicalmente escenificada bajo un carácter espartano que concede a la confluencia de melodías surgidas desde las garganta la asignación de un clima sentimental para cada tema. La condición celestial que siempre adquiere la reunión de voces colectivas implementa al sustrato depositado por las raíces folk un tinte soul, un paisaje ya visible en la inaugural “Just West of Nicollet”, que ejerce también de síntesis respecto a esa filosofía observadora de episodios costumbristas intramuros, o una “Weakened” donde se demuestra la capacidad de decisión que se arrogan unos coros que circulan desde un sigiloso segundo plano hasta imponer su majestuosa presencia. Un protagonismo, en cuanto a su mayor exposición, que propulsa a “White People” hacia un estado más dramático y rasgado, mimetización de un verbo que arremete contra una cronología de la dominación, demostración de que la calma también logra conjurar olas de rabia.

Cuando el tono barítono que abre “A Doctor in the House”, un cántico sumido en el cálido recato de la palabra emitida bajo la tranquilizadora mirada del hogar, contiene la profundidad y emoción de un violoncello, queda en evidencia la instrumentación que asumen las voces en este disco. En pocos trabajos vamos a poder encontrar una confirmación más rotunda sobre la importancia compartida de forma alícuota entre lo que se cuenta y el modo de hacerlo. Porque el relato cotidiano del tema titular o la narración de esa perpetua crisis con la que es maldito el individuo común presente en “The New World Wave” encuentran en su fraseo principal la morfología más apta y coordinada; lo mismo que sucede en una “Cigar” donde expanden sus alas los silencios para dar cobijo al propio sonido de la volutas que nacen mientras se consume el filtro de un cigarro. Tan impactante y descomunal es la esencia y el alma de este disco, crujiendo con sigilo al caminar sobre las viejas maderas de las casas que visita para radiografiar lo que acontece en ellas, que el viejo chiste dedicado a quienes contienen tanta expresividad en su arte que serían capaces de emocionar reproduciendo simplemente un libro de instrucciones, aquí se hace realidad. “Chicago”, prácticamente en exclusividad una enumeración de ciudades, logra percibirse tan sobrecogedor como el recitado del verso más voluptuoso de Shakespeare.

“Punching the Clown” es un hito, para la discografía de Lambchop pero incluso también para un ecosistema musical actual ansioso en su demanda por encontrar un camino que se separe de la norma común. Kurt Wagner lo ha logrado tomando el destino contrario, dirigiendo sus pasos hacia la más pura tradición, comprendiendo -y exhibiendo- que las viejas fórmulas de interacción entre creador y oyente, formuladas, eso sí, con la majestuosidad que le caracteriza, son el mejor aprendizaje para encontrar un oasis prácticamente inhabitado. Un enclave convertido en ese remanso nocturno al que ni el toque de queda cotidiano le puede impedir conversar con voz callada, pero intensa, sobre las experiencias vitales. Lambchop se ha encargado de, a través de una excepcional banda sonora, recoger esas existencias que por invisibles no dejan de estar cargadas de expresividad, poniendo voz y silencios a esa aparente fotografía en calma que sin embargo desprende la más ruidosa de las incertidumbres.

The Flamin' Groovies: Legendarios pese a todo


Sala Upload, Barcelona. Miércoles, 2 de septiembre del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas más infravaloradas en la historia del rock es, sin duda, The Flamin' Groovies. A pesar de haber surgido en 1965, en pleno apogeo de la San Francisco más psicodélica y florida, prefirieron abrazar el rockabilly de la década anterior. Unos años después, en pleno surgimiento del punk, ellos seguían llegando tarde a las modas para descubrir la "British Invasion" y rendirse de igual forma a los Beatles y a los Rolling Stones. Aunque su verdadero sello de identidad siempre fue la energía arrolladora de sus actuaciones y el poder de sus guitarras. Pioneros del garage rock, abrieron caminos para el proto-punk y para el power pop. Sin embargo, y a pesar de estar viva aún la formación, no gozan del reconocimiento y seguimiento merecidos actuando, al menos siempre que pasan por nuestras ciudades, en salas pequeñas salvando sus dos presencias en el Azkena, en donde los avispados organizadores les dieron el espacio merecido. 

Para este septiembre, la gira de los Flamin' celebra los más de sesenta años de su fundación y los 50 de la publicación de su emblemático disco "Shake Some Action" (1976). Una banda original de la que sin embargo únicamente se mantiene su líder y alma Cyril Jordan , que se acompaña por los miembros "sobrevenidos": Tony Sales (desde 2017) a la batería -por cierto, hijo del bajista de Tin Machine -; Atom Ellis (desde 2019) a la guitarra solista, Sean Fitzsimmons, a la guitarra rítmica, y Miki Rogulj al bajo, estos dos últimos fichados hace apenas un par de años. O dicho de otro modo para que quede bien claro: los actuales Flamin' Groovies son básicamente la banda de Cyril Jordan.

Con todo, siempre se antoja una buena oportunidad reencontrarse con ese legado de guitarras y temazos que nunca hemos dejado de escuchar, por lo que acercarse hacia la sala Upload era una perfecta manera de arrancar el curso de conciertos, lugar al que accedimos por la puerta de atrás debido a la coincidencia del concierto de Julieta Venegas en el Pueblo Español.

Ciertamente el concierto estuvo bien, quizás sí que arrancó de forma irregular pero fue de menos a más, con una banda que le da la energía debida para defender bien el legado que representan. Porqué al fin y al cabo, los Flammin' Groovies actuales no dejan de ser una especie de banda de covers de la legendaria formación con uno de sus capitanes a bordo. Y hay que reconocer que el bueno de Cyril está bien para tener 78 años, que los hizo el día antes de su concierto en Zaragoza, por cierto. Cumplió dignamente con su desgastada voz en algunas canciones, nos recordó lo buen guitarrista que siempre ha sido (ojo a la guitarra transparente molona que lleva) y no dio pistas de pronta retirada de los escenarios. Pero la clave de todo al final es que el septuagenario se ha sabido rodear muy bien con ese cuarteto de músicos que imprimen la energía necesaria (y exigible para la banda), destacando a Tony Sales con su destreza e impacto desde la batería y su potente voz.

Así surgieron gemas del álbum cincuentón como "You Tore Me Down", "I' ll Cry Alone", “Please Please Girl” o esa versión de “Misery” de los Beatles tan acelerada. También escuchamos la guitarra hipnótica de “Between The Lines" o el empate entre los Fab Four y los Rolling Stones con “Yesterday’ s Numbers”, aunque fue significativo que abrieran con el rockandroll “Let Me Rock”. La tralla guitarrera, la batería a todo trapo y los juegos de segundas voces nos recordaron por qué nos tiene encandilada esta banda, que es de culto. Para la recta final la esperada "Shake Some Action" encadenada con "Teenage Head" y una "Jumpin' In The Night" que cerraron el set antes del bis -previo paso por el escenario del legendario fotógrafo local Flowers- con una arrolladora “Slow Death” que puso cierre a la escasa pero intensa hora y cuarto de concierto.

Un concierto que nos devolvió la certeza de que, sin importar las décadas, los parches o las mutaciones en sus filas, la leyenda sigue viva. Puede que sobre el escenario viéramos a una especie de banda tributo capitaneada por su último gran héroe histórico, pero cuando el motor rítmico rugió y las guitarras se encendieron, como lo hicieron en la pequeña Sala Upload, demostraron que el rock underground de culto no entiende de jubilaciones, solo entiende de actitud, de sudor y de esa incombustible necesidad de seguir buscando un poco de acción.

Ilustres Principiantes: Blonde Poulain


Blonde Poulain es el proyecto independiente de Pablo Nicolás Botía (Murcia, 1992), una propuesta que cruza hip-hop, electrónica y pop alternativo con referencias al cine de ciencia ficción, el diseño y la moda. Su imaginario toma forma en “Blanc: L’Espace”, EP conceptual anticipado por “Objetivo: La Tierra”, “Polvo Cósmico”, “Off–WorldTM”, “Black Hole” y “Mirage” (2024–2026). A través de relatos sobre emociones humanas, viajes interiores, paisajes cósmicos y distopías futuristas, construye una obra donde sonido, imagen y dirección artística funcionan como un único lenguaje.

“Blanc: L’Espace” plantea una experiencia inmersiva basada en voces procesadas, atmósferas sintéticas y una producción cinematográfica. Esta identidad se expande al terreno visual mediante fotografía, vídeo y gráfica, dando forma a una estética minimalista y contemporánea, coherente con el universo sonoro.

Blonde Poulain ha presentado su trabajo en espacios culturales como el lanzamiento de “Objetivo: La Tierra” en Madrid junto a Jägermeister y D13C Studio. Sus videoclips han sido proyectados en la Filmoteca Regional de Murcia y Cines Embajadores, y ha formado parte del Festival Umurgentes, Metro Sound y la selección oficial de Rendibú.

Aitor Ochoa & Mad Mule: “Off the Grid”


Por: Kepa Arbizu. 

Cada cual cuenta con su propia historia escrita durante ese impuesto aislamiento social consecuencia de las restrictivas medidas pandémicas. A pesar de su dramática singularidad, aquel “contagioso” tiempo en realidad significó la extrema manifestación de muchos fantasmas que ya rondaban latentes a nuestro alrededor. Aunque sus gélidos alientos habían pasado desapercibidos entre el ruido rutinario, probablemente su presencia siempre estuvo ahí, apostada y deseosa de servirse de una fisura en nuestras artificialmente ajetreadas vidas, en este caso encarnada en un grito de advertencia con carga vírica, para hacer su estruendoso acto de aparición. Pero también, y dando cuenta del pésimo sentido del humor que a veces le gusta demostrar al destino, esa aleatoria tirada de dados que dirime el futuro se confabuló en ocasiones para citar dicha incertidumbre global con una más personal, haciendo del paisaje solitario que se observaba más allá de los cristales una réplica del desastre mudo reflejado en la propia alcoba. Una confluencia de apocalipsis cotidianos que zarandearon, y desarmaron, la vida de Aitor Ochoa pero que en paralelo alentaron la creación de un álbum sublime, hijo por igual de ese desconcertante nuevo estado y de esa majestuosa inspiración que solo acude a la urgente llamada del profundo desamparo.

Pero la zozobra emocional contenido en este “Off the Grid”, y trasladado a través de un rock inyectado de visceralidad eléctrica, parecía no quedar satisfecha con anidar exclusivamente entre sus canciones, extendiendo sus vacilaciones también al mismo hecho de su publicación. Ha tenido que ser casi un año después de estar alojado en plataformas de streaming cuando FOLC Records, y tras truncarse otra acordada edición previa en formato físico, haya salido al rescate para evitar que un álbum de estas dimensiones artísticas quedara huérfano de su condición de tesoro tangible. Una mano tendida que nos permite ver girar sobre el plato un desfile de espectros (humanos) a los que se les concede el habla a través de esas privilegiadas guitarras capaces de ejercer como portavoces del desgarro más íntimo.

Si como dicta el cancionero popular, la salud, el dinero y el amor conforman los tres pilares esenciales sobre los que se sustenta una deseosa estabilidad, la desintegración -al menos parcialmente- de todos ellos en el ecosistema del músico cántabro, resultó lo suficientemente trascendente como para copar el sustento de unas composiciones que ya habían comenzado su recorrido antes de aquellas primeras toses que estremecieron al mundo. Con el habitual paso restringido impuesto durante aquellos años, estos temas fueron configurándose entre la artesanía individual y los ocasionales tomas de contacto grupales. A pesar de ese inevitable errático itinerario, el álbum iba tomando forma, como su propio nombre indica, sumando múltiples desconexiones hasta dar a luz a un repertorio sobresaliente, que en su forma y fondo estaba siendo testigo, y a su manera protagonista, del derrumbe -particular y global- de unos muros de carga existenciales que de una mañana a otra mutaron en afligidos recuerdos.

Aitor Ochoa, integrante de los ya extintos y geniales Soul Gestapo, firma el segundo disco de su actual proyecto, acompañando a su nombre del apellido Mad Mule, dando no solo continuidad a la arrebatadora inauguración que supuso “All These Words Will Die Before The Morning”, sino consiguiendo aunar de una manera más identificativa y personal todas esas influencias que han ido alimentando su carrera. Esa perfecta disposición queda rubricada en piezas como “Circles”, una sinfonía del derrumbe auspiciada por los Bevis Frond más orgánicos y menos dados al despliegue instrumental, pero igualmente heredera de la intensa melodía propia del jangle pop. Constantes que laten en esa última copa, que a la vez supone la inicial de un nuevo periplo, escanciada en la dinámica y pegadiza “The Best for the Last”. Revoluciones rítmicas que, dando por buena la conversión “cántabra” ejercida sobre los icónicos Crazy Horse para esta denominación grupal (Mad Mule), hacen que Neil Young conduzca con la aguja de la velocidad al límite en “So Young”, una estremecedora lápida escrita por el paso del tiempo a ilusiones y futuros pretendidamente compartidos.

Aunque casi todos los caminos trazados a lo largo de este disco conducen a una meta exenta de condecoraciones para vencedores, y sí un gesto cabizbajo y abatido para quienes han visto sus mundanas expectativas vapuleadas, el itinerario de cada uno de esos desfiladeros contiene su particular hoja de ruta. Si el medio tiempo aparentemente delicado de “Painted Skies” escuece con un hipnótico chirriar de sus guitarras, tensa calma identificativa de proyectos como Silver Jews, que deambula hasta la explosión de desconsuelo que imponen esas seis cuerdas, el power pop enérgico -ese que durante los noventa se tiñó de rugosa consistencia- de “Monkeys” hace de lenguaje propicio para una ácida fábula, casi como reverso de la más social “Apeman” de los Kinks, donde imaginarse como primates parece el único colofón que alberga esperanza. Un vigor que brota imperial con la majestuosa y cruda “Is that Love”, agitada convenientemente con la furia procedente de Australia, concretamente desde vástagos como Spencer P. Jones, y que actúa cual cilicio sacrificando la propia culpa.

Ese rito de la desolación que supone observar las fotografías donde residía una vida hoy desaparecida, se expresa en este repertorio a través de celebraciones lúgubres de distinto orden. El obituario amoroso impartida por “The Last Time”, recurriendo a los ancestros melódicos del folk-country atravesados con el paso afligido pero emocionante de Jason Molina, se complementa con “Big Black Shadow”, doloroso retrato de esa estrella negra que crece en las entrañas con ánimo de parasitar cualquier atisbo de esperanza, para desplegar un manto crepuscular hecho de (creativamente) hermosas cicatrices. Una sombra que se dilata poderosa en una parte final del disco que acoge los pasajes beodos y románticos típicos de Jacobites, en “The Man I Have Become”, y se despereza esplendorosa en la épica congoja de “Drunken Ghost”, una ebria figura que deja su huella en forma de desierto silencioso donde ya ni se escucha el eco de lo vivido.

Los tornados más peligrosos y devastadores son aquellos que se presentan sin previo aviso, siendo precisamente la falta de indicios lo que les hace tan temibles. Frente a ellos poco se puede hacer, salvo intentar mantenerse en pie sobre el desnudo paisaje originado por su deflagración. “Off the Grid” es la secuencia de un derrumbe personal, el balance de daños ocasionado por la disolución de unas certezas emocionales que dieron paso a un eclipse existencial detallado, previo aplicación de un desbordante talento compositivo, en este diario sonoro. Se trata por supuesto de un duelo particular, pero también, el diagnóstico universal de ese vértigo que acecha cuando nuestro soporte se convierte únicamente en cenizas y recuerdos.

“Coming Up”, de Suede, sostiene la apuesta 30 años después


Por: Guillermo García Domingo. 

Hace 30 años contra todo pronóstico Suede publicó un disco destinado a no desfallecer en la lucha (casi siempre perdida) contra el paso inexorable del tiempo, bajo el título “Coming Up”, igual que la formidable canción funky que grabó McCartney en 1980. La dimisión previa de Bernard Butler, miembro fundamental de la banda, no auguraba este resultado ni mucho menos. Ninguno de sus seguidores habría apostado por semejante éxito. Y es que la pauta siempre la define, para bien o para mal, el disco anterior, que en este caso, se trataba de “Dog Man Star”. El siguiente disco supuso un reto más difícil si cabe, ya que, además, el que abandonó la banda británica era uno de los principales responsables de caracterizar cada una de las canciones de aquel álbum oscuro, como las aguas turbias de un lago del norte de las islas. Brett Anderson, artista gatuno, poseedor de muchas vidas, encontró la tabla de salvación en este disco, gracias a la inesperada contribución de un chaval de 18 años, Richard Oakes que se presentó al casting para relevar al guitarrista principal. Había asumido el sonido de Suede como nadie. También se subió al plantel el teclista Neil Codling. Y ambos no lo hicieron como convidados de piedra, Oakes y el teclista aparecen como compositores de la mayoría de los temas, junto a Anderson. El bajo Mat Osman y el batería Simon Gilbert, que a día de hoy siguen siendo miembros originales de Suede, continuaron al lado del vocalista. 

La escucha actual de “Coming Up” depara muchas sorpresas; su relieve ha cambiado, los singles triunfales han atenuado su pujanza, aunque “Beautiful Ones”, “Trash” o “Lazy” continúan siendo temas pasionales, de una sensualidad irresistible, mientras que las canciones a priori secundarias han subido escalones. “Picnic in The Motorway”, “Saturday Night” o “By The Sea” se reivindican como temas tal vez menos intensos pero extraordinarios en los que la voz de Anderson, que alcanza las notas más altas, a veces de falsete, lleva de la mano a las guitarras en la misma dirección ascendente. Lo que no ha cambiado, tres décadas después, es la majestuosa altura de “Chemistry Between Us”, las nieves de su cumbre permanecen perpetuas como sucede en el Kilimanjaro (antes del advenimiento del calentamiento global). Los motivos de sus guitarras afiladas que aparecen y desaparecen a su antojo, la voz insinuante de Anderson, las cuerdas que concurren al final, en uno de sus muchos finales, porque la canción se resiste a terminar (su duración se extiende 7 minutos), son solamente algunas de las posibles razones de su valor inestimable.

La publicación de “Coming Up”, le permitió a Suede acuñar su idiosincrasia singular en una escena plagada de grandes propuestas a través de dos elementos en continua tensión, las vigorosas guitarras y la voz andrógina de Anderson. Todas las canciones gozan de inicios apabullantes, dispuestas a quedarse en la cabeza desde la primera nota, y producidas con indiscutible elegancia por Ed Buller, que, por cierto, volvió a repetir con ellos en el reciente “Antidepressants” que tan buena acogida mereció en 2025. Las aguas profundas y turbias de del anterior disco dieron paso a canciones más limpias, menos confusas, sin que ello suponga un demérito atribuible a "Dog Man Star", ni mucho menos.

La reedición de “Coming Up”, prevista para finales de mes, incluirá, al parecer, entre otras novedades, una nueva mezcla de los temas, supervisada por los miembros del grupo. Otro “misterio” discográfico, uno de tantos, difíciles de entender, pues no se me ocurre que esta colección de canciones puedan ser mejores de como fueron grabadas en 1996. Además, con el fin de apreciar las capacidades como vocalista de Anderson habrá ocasión de escuchar “Shipbuilding” de Elvis Costello/Langer/Robert Wyatt, que Suede grabó para ser incluida en el disco colectivo “Help” de 1995, gracias al cual se recaudaron fondos para ayudar a los refugiados y desplazados de la terrible guerra de los Balcanes. En esta grabación soberbia, Suede no pudo contar, al contrario que Costello, con la trompeta del desaparecido Chet Baker, sin embargo, esta versión es genuinamente hermosa. No es un aliciente menor para aquellos que aún no tengan y quieran agenciarse un disco imprescindible. En aquel otro disco solidario participaron la mayoría de los grupos y músicos que hicieron posible esa época dorada de la música británica. Discos de la brillantez de “Coming Up” ponen de manifiesto que Suede no era uno de los menos importantes sino todo lo contrario.