Vive Latino‘26: Caluroso contraste sonoro


Recinto Expo, Zaragoza. 4 y 5 de septiembre de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé.  

En uno de los fines de semana más calurosos que se recuerdan en un mes de septiembre por estos lares, Zaragoza se dispuso a acoger la quinta edición del festival Vive Latino. Una edición variopinta por su oferta dispar, pero una vez más exitosa y cargada de momentos para guardar por mucho tiempo en nuestras retinas. Hay que advertir de que esta quinta edición, que consolida con firmeza el Vive Latino en la capital aragonesa, ha sido la menos latina, todo sea dicho. Las formaciones del otro lado del Atlántico no han tenido apenas cabida en los escenarios principales, echando de menos grupos de aquella escena difíciles de ver por nuestra tierra y que este festival nos ofrecía la oportunidad de tenerlos cerca. No ha sido esa la prioridad y se han impuesto los artistas nacionales de gran recorrido, de Loquillo a La M.O.D.A. Lo más inesperado podía ser el tontipop de Ojete Calor o la veteranía de Buena Vista All Stars desde Cuba.

Esta vez no pudimos disfrutar de la oferta del viernes, donde destacaba el clasicismo de Loquillo y M Clan como abanderados del rock sin fronteras, así como el pop más edulcorado de Amaia o el emblema generacional en el que se está convirtiendo Rigoberta Bandini. Lo que no fue normal es que una artista de la talla de Julieta Venegas fuese programada para las seis de la tarde, con el inmenso calor cayendo sin medida sobre la explanada del escenario Ambar, el más grande del recinto, pero como decía antes, mandaba lo patrio olvidándonos en cierta medida de la relevancia internacional de carreras como la de la mexicana.

El calor no perdonó tampoco durante la jornada del sábado, pero aquí el Giradiscos sí que pudo ser testigo de casi todo lo que se coció en el recinto Expo. 45.000 personas según la organización. Sin lugar a dudas, un éxito. A decir verdad, se notó mucho más lleno que en anteriores ediciones, ya que el escenario del anfiteatro Expo, de nombre Caja Rural de Aragón, tuvo que cerrar sus accesos en varios conciertos.

Algo que se percibió desde el primer momento fue el gran contraste entre oferta sonora y público al que iba dirigida. B.V. All Stars alentaron a mover las caderas mientras iba llegando el público al recinto al son de ritmos cubanos, habiéndose detenido previamente los más madrugadores en el punk melódico de los zaragozanos Multipla, que seguro darán que hablar con la inminente publicación de su primer LP. La cosa se puso seria rápidamente con el acertado verbo combativo de Biznaga. Su explosividad llamando conciencias dejó la nota más visceral y antifascista del día, reivindicando la vigencia de los temas tratados en su más reciente disco, “Ahora!”, con unas canciones que les mantienen en el debate de lo que verdaderamente importa en nuestra cuestionable sociedad. Nos pusieron los pelos de punta con “Una historia de fantasmas” o la más melódica “Espejos de caos”, y con su grito que increpa para que no perdamos nunca el entusiasmo, que es en sí mismo la resistencia, pusieron fin a un concierto compacto pero renovador, directo y arrebatador, con una actitud que recoge el testigo de los Ilegales junto a las acertadas trazas de los Clash.

Todavía con un sol intenso cayendo sobre el anfiteatro Expo, Veintiuno congregó a una enorme cantidad de público que supo entender su propuesta pop cargada de teatralidad, pero por encima de todo de grandes canciones. En una versión reducida (por aquello de la escasa duración de algunos conciertos en estos festivales) nos llevaron de la mano de “Delirio y Equilibrio”, que nos invitaron a su último baile. Diego provocó al público con carreras entre las primeras filas y se metió a todos en el bolsillo al afirmar que este anfiteatro era uno de los escenarios más bonitos donde habían tocado este año. A decir verdad, este recinto, que acogió los numerosos conciertos de la Expo del agua zaragozana del año 2008, sigue luciendo espectacular, y más si lo encontramos lleno hasta la bandera, como sucedió para presenciar la actuación de la banda toledana. “Perder los modales”, “Troya” o “Pide un deseo por mí” se mostraron ya como auténticos himnos a pesar de su juventud, pero no se olvidaron de sus clásicos como “Cabezabajo” o la más funky “Dopamina”, que nos hicieron recordar de dónde viene el mérito de este grupo que es cada vez más grande.

El atardecer reinaba entre las nubes y en ese preciso momento Álvaro de la Fuente, más conocido como Guitarricadelafuente, se apoderó del escenario principal como si hubiera nacido para habitarlo. ¡Qué dominio de la escena y qué manejo del público! Lo suyo es la provocación cubierta de pose pero sin perder un ápice de autenticidad. Controla y dirige todo lo que está en su mano, desde el poder escenográfico de un pie de micro hasta la sensibilidad arrojada desde su silla retorcida mientras rasga la guitarra. Acaparó toda la atención de ese escenario dividido entre un telón metálico y una gran pantalla y nos hizo partícipes de su particular “rodeo” en un show que no deja indiferente. 

“Spanish Leather” fue el protagonista absoluto, desde el arranque con “Full time Papi” hasta la elegancia de “Tramuntana” y la sensacional “Babieca!”, pero no se olvidó de dónde viene, atacando con alguna interesante variación “El conticinio” o “Agua y mezcal”, donde aprovechó todo el potencial de su joven banda, al igual que supo despojarse de todo lo accesorio y afrontar “Abc” o “Guantanamera”, que nos puso a todos los pelos de punta. En algún momento agradecimos el detalle de mostrarnos la letra impresa en pantalla, como ocurrió con “Mataleón”, ya que su dicción a veces nos complica poder apreciar todo el significado de sus canciones sin apoyo. Y a pesar de que patinase en la afinación en la primera parte de “Tramuntana” (algún fallo en los in-ears que todo el público supo entender al cantar la estrofa completa hasta que Álvaro volvió a tomar las riendas) nos conmovió con esa mezcla tan acertada y única de contemporaneidad y emoción que destila “Babieca!”, una de sus composiciones más interesantes con el permiso de “Guantanamera”, que sirvió para cerrar un concierto inmenso y una etapa que le ha llevado a lo más alto. El lugar dónde debe estar. Bien merecido, por otra parte. Y es que, como señaló Álvaro, a la gira de “Spanish Leather” (o la gira del potro, como muchos la recordarán) le quedan muy pocas fechas y junto a esto, la noche en el Vive Latino se hacía más especial por encontrarse rodeado de familia, que para eso Álvaro tiene sangre aragonesa. Proclamó su amor por esta ciudad (donde se encontraba la discoteca de nombre Babieca en la que se conocieron sus padres) y por Aragón como tierra, que es también su casa, lo que invitó a que se despidiera cubierto por la bandera cuatribarrada aragonesa. Un detalle más para hacer inolvidables esos setenta minutos con los que llegó la noche.

En un giro de 180 grados, Ojete Calor convirtió el Vive Latino en una terapia para viejóvenes donde se dieron cabida desde el revival cañí de las clásicas de nuestro folclore al oportunismo de “Mocatriz”, “Opino de que” o “Qué bien tan mal”. Este dúo que trasciende lo musical no da puntada sin hilo y nos sedujeron desde sus estrafalarios outfits hasta su incitación desmedida, tan necesaria en estos tiempos donde parecemos querer tomarnos siempre demasiado en serio. En realidad, necesitamos gritar mucho más “Tonta Gilipó” que manidas proclamas demagógicas. Solo por eso son tan necesarios los conciertos de Aníbal Gómez y Carlos Areces.

A continuación, el escenario principal del festival se llenó de simbología católica y redencionismo extremo para invitar a Siloé, el trío pucelano que contrastó de forma radical con todo lo vivido hasta ese momento en el recinto Expo. Su espectáculo, dividido en partes presididas por citas bíblicas, comenzó con la del evangelio de San Juan “Al principio del todo era la palabra” junto a varios crucifijos en forma de led (incluido el pie de micro de metacrilato también en cruz que emplea Fito Robles). Su perspectiva judeocristiana chirriaba en muchos porque, aunque nos manden a todos “a tomar por culo” en uno de sus temas más celebrados (“Si me necesitas, llámame”), se impone cierto postureo forzado entre el mesianismo de los U2 de los ochenta y la potencia de unos Supersubmarina que intentan imitar a toda costa, pero de los que se quedan muy lejos. La electrónica es su punto fuerte, aunque pare ello tengan que abusar de unos recordings que parecen no importar a sus fieles devotos (se veían multitud de camisetas de la banda en el recinto), pero que les hacen perder empaque. En ocasiones pecan de un exceso de sofisticación, como cuando Xavi usa el arco de violín para frotar las cuerdas de la eléctrica como si emulara a Sigur Rós (aunque ni una cuarta parte de sus seguidores sepan quiénes son los islandeses) o cuando utilizan la pantalla tripartita en blanco y negro como recordando el “Elevation Tour” de U2. Pero no les importa, se deben a su público, que se desgañita mientras corea ese “Saca plaza fija en el salón de mi casa”, una imagen que me parece de lo más desafortunada por sonar casi segregadora, o “Las cosas que no hacemos bien son las que nos definen”, en la que se deja bien claro ese pesar por arrastrar la culpa, tan propio de la moral cristiana. No, no consiguieron seducirme a pesar de los coros de estadio o de su particular versión del “Personal Jesus” de los Depeche Mode. Se los dejo a los limpios de corazón mientras me quedo persiguiendo los besos que ellos predican en otros lares, como los que sí encontré con Ultraligera, quizá el grupo que más ha crecido en el último año en nuestro país.

El grupo madrileño es un auténtico torbellino. Después de verles algo pasados de vueltas hace apenas un año, esta vez habían ganado credibilidad en su actitud desmedida y un mayor control de la escena y las emociones. Gisme se entregó como siempre, dándose un baño de masas y arrojándose desde el escenario al público con toda su chulería en “Pelo de Foca”. Una actitud arrogante que cada vez nos gusta más (hasta le dan un punto macarra esas trenzas que lucía), aunque también supo tocar la tecla emocional en una de sus composiciones más sensibles y acertadas, “Cuando todo vaya mal”. Desplegaron toda su artillería en canciones como “Me miras mal” o “Recuerdos del Baile” y dedicaron todo el tiempo que requería (a pesar de tener un timing reducido por tratarse del set de un festi) para reconocer la labor de cada uno de los músicos que forman la banda, del personal que les acompaña y del público, cada vez más numeroso, que les arropa. No hay parangón, son la banda de rock del momento y el público del Vive Latino supo reconocerlo al desplegar banderas con los logos del grupo mientras pedían a gritos el escenario principal para ellos. Anunciaron que ahora se van a México, pero a la vuelta seguirán haciendo rodar este “Lapsus” y aireando “La Basura”, que son ya patrimonio del rock en castellano.

Una jornada de Vive Latino es una carrera de fondo, un puerto de primera, una escalada sin descanso. Por eso, a pesar de solo asistir a los conciertos del sábado quedé plenamente satisfecho, a la par que exhausto, cuando tras pasar siete horas seguidas fui consciente de que no había tomado aire ni un segundo, pero éste no era el momento de parar. Quedaba La M.O.D.A., que sin ofrecer nada que no se intuyera, no iban a defraudar. Y así fue. Su energía supuso el estímulo necesario para aguantar en lo más alto al compás de su ritmo constante y desenfadado y su estimulante folk, que si bien concedió espacio a sus más recientes composiciones, como la enérgica “No te necesito para ser feliz” o la costumbrista “Alsa pa Madrid”, hizo las delicias de todos los presentes con sus clásicos incontestables, desde “Catedrales” a “Himno Nacional” o “1932”. No faltaron los rótulos en las pantallas con sus letras impresas para invitar a corearlas hasta al más despistado. Continuaron con su particular reivindicación de las raíces en su revisión de la tradición con “Miraflores” o “Mañana voy a Burgos”, pero cuando más subió esa olla a presión en la que se convierte el combo castellano fue con “PRMVR”, “Nómadas” o su himno generacional “Héroes del sábado”, canciones que son ya rocas firmes a las que agarrarse contra viento y marea.

Lo dicho, ¿hubiera sido más coherente apostar por un cartel más equilibrado entre artistas de un lado y otro del Atlántico? Probablemente. Sin embargo, y a tenor del éxito inesperado de esta edición, está claro que el público quiere una apuesta segura. Más tirón donde entren todos los públicos junto a alguna apuesta puntual por el riesgo, la reivindicación o la transgresión estilística. Eso o que definitivamente los festivales de nuestro entorno son ya patrimonio del pueblo, un lugar donde celebrar y reunirse con un cartel de artistas que no incomoden de fondo y a los que poder acercarse mientras no nos priven de la conversación o la gastronomía para instagramear que ofrecen las ya manidas foodtrucks. Pese a esta actitud a desterrar, para mí, sin duda alguna, los festivales siguen siendo grandes oportunidades para reunir a artistas con los que poder sorprenderte en un corto periodo de tiempo, y ¡¡que se quiten de enmedio photocalls y comidas del mundo!! Por eso y por encima de todo, lo que no se me olvidará de esta edición seguirá siendo la punzada en el pecho que me provocaron Biznaga, la teatralidad pop de Veintiuno, la renovación transgresora de la tradición que tan bien domina el joven proyecto de Guitarricadelafuente, la garra y el punch de Ultraligera o la magia del folk que es sinónimo de cultura popular defendida por La M.O.D.A. Eso es: Música. Nada más y nada menos.

Lambchop: “Punching the Clown”


Por: Kepa Arbizu. 

Ni la contemplación ni el silencio, entendido no  como la total ausencia de sonido, sino como reducto entre el eclipse de los sentidos que genera el ruido arrítmico rutinario, son valores en alza para el "modus vivendi" impuesto en los tiempos actuales; tampoco en el ámbito musical. Dos elemento que en el caso del nuevo álbum de Lambchop, “Punching the Clown”, se presentan como troncales a la hora de catalogar su identidad. Un trabajo que sin embargo tiene su génesis en un acontecimiento común para casi toda persona, más todavía si nos referimos a oyentes habituales de música, como es la inesperada aparición de una canción desconocida que queda registrada en nuestra memoria y de la que hemos sido incapaces de descifrar su autoría. Tal “misteriosa” aparición, sucedida en el entorno de Kurt Wagner, exclusivo “propietario” del proyecto, se convirtió en el nudo gordiano de un álbum que comenzó a gestarse a través de ese impulso y la necesidad de trasladar a su propio imaginario aquella melodía que había sacudido su vida.

Dicha investigación, infructuosa a la hora de revertir ese anonimato, concluyó sin embargo con el descubrimiento, y posterior estudio, de los llamados "lining out", un canto comunitario "a capella" que, nacido en las iglesias británicas del siglo XIX, tejía un particular diálogo entre los versos interpretados: la formulación de uno de ellos desde el púlpito era respondido con otro por la congregación. Una primigenia ascendencia que no deja de ser el origen de la música popular afroamericana, y que en manos del blues o del jazz se ha convertido en idioma universal. Un legado que la mejor manera de ser honrado por el compositor norteamericano ha consistido en, bajo las formas identificativas que maneja un proyecto con la envergadura propiciada por más de tres décadas de ilustre carrera, recrear esa misma morfología apoyada en un escueto acompañamiento cedido al banjo. Una alquimia sustentada por el profundo rango recitativo de su intérprete, maestro de ceremonias predilecto para -conjurando episodios vernáculos- convertir sus cuerdas vocales en un paisaje que transforma su remanso atmosférico en un universo sensitivo.

Con una discografía que ha discurrido entre la opulencia, el minimalismo e incluso adaptaciones a la tecnológica contemporaneidad, nada tiene de insospechado encarar un nuevo capitulo de Lambchop como el descubrimiento de otro camino inédito. Pero el avistamiento en este caso atiende incluso a una mayor perplejidad teniendo en cuenta que alguno de sus más directos precedentes, como “FLOTUS”, se había rendido a los encantos artificiales del auto-tune, haciendo que el sucesor de esa fría humanidad sea el casi antagonismo representado por un celestial coro, encarnado en dos formaciones distintas a lo largo del álbum. Particularidades, y genialidades, de un compositor que si algo ha demostrado, y confirmado como aptitud rectora de su creación, es la disposición a no alinear su nombre tras un sonido determinado ni encapsulado, por mucho que sea un folk de corte intimista el que pivote, bajo estructuras variadas, alrededor de su imaginario. Un estilo que en “Punching the Clown” asume su formulación más pura y orgánica, tanto que gracias a esa particular desnudez consigue recrear un tipo de ambiente difícilmente atribuible a otras propuestas, salvo la excepción que dictan Mark Kozelek o Bill Callahan, y una magistral vindicación de los espacios aparentemente callados como fuente de vida e incertidumbre.

Esa suerte de adelgazamiento sonoro, que conduce a un territorio donde los ritmos quedan suspendidos entre silencios, alcanzado tras el mencionado estudio de estructuras tradicionales, es una ecuación asumida igualmente por los textos. La escritura de ellos, tras un voraz instrucción sobre biografías y técnicas de otros compositores, respondió a un proceso constante de reformulación, lleno de borradores rechazados, que solo tras la incorporación en su creación de su habitual colaborador, Blake Morgan, alcanzaron el resultado deseado. Una determinación en busca de la excelencia que confiere a esa lírica una condición que le excluye de asumir el papel de un simple complemento para convertirse en parte sustancial a la hora de generar la idiosincrasia del trabajo en su conjunto. Del mismo modo que instrumentalmente asistimos a una invisibilización de lo superfluo, narrativamente, desde una visión más o menos poética según la ocasión, discurre en un tono prosaico, otorgando el protagonismo a personajes a los que la historia les ha vuelto imperceptibles, a pesar de representar a la inmensa mayoritaria. Asomando a la ventana donde esa “legión anónima” entona sus celebraciones cotidianas, Kurt Wagner, como en las páginas de Chris Offutt, Carson McCullers o Lorrie Moore, eleva a hecho artístico la muda coreografía de sus movimientos.

Sin desmerecer las aptitudes y el sentimiento que es capaz de darle a las cuerdas del banjo Justin Vernon (Bon Iver), encargado de dicho instrumento a lo largo de todo el álbum, quienes ostentan la brújula del destino emocional del disco son los dibujos vocales, ya sea los trazados por su intérprete principal o los dictados por su corifeo. Una mixtura, similar en concepto aunque bajo distintos preceptos a la esgrimida por Howe Gelb en aquel ya lejano “Sno Angel Like You”, musicalmente escenificada bajo un carácter espartano que concede a la confluencia de melodías surgidas desde las garganta la asignación de un clima sentimental para cada tema. La condición celestial que siempre adquiere la reunión de voces colectivas implementa al sustrato depositado por las raíces folk un tinte soul, un paisaje ya visible en la inaugural “Just West of Nicollet”, que ejerce también de síntesis respecto a esa filosofía observadora de episodios costumbristas intramuros, o una “Weakened” donde se demuestra la capacidad de decisión que se arrogan unos coros que circulan desde un sigiloso segundo plano hasta imponer su majestuosa presencia. Un protagonismo, en cuanto a su mayor exposición, que propulsa a “White People” hacia un estado más dramático y rasgado, mimetización de un verbo que arremete contra una cronología de la dominación, demostración de que la calma también logra conjurar olas de rabia.

Cuando el tono barítono que abre “A Doctor in the House”, un cántico sumido en el cálido recato de la palabra emitida bajo la tranquilizadora mirada del hogar, contiene la profundidad y emoción de un violoncello, queda en evidencia la instrumentación que asumen las voces en este disco. En pocos trabajos vamos a poder encontrar una confirmación más rotunda sobre la importancia compartida de forma alícuota entre lo que se cuenta y el modo de hacerlo. Porque el relato cotidiano del tema titular o la narración de esa perpetua crisis con la que es maldito el individuo común presente en “The New World Wave” encuentran en su fraseo principal la morfología más apta y coordinada; lo mismo que sucede en una “Cigar” donde expanden sus alas los silencios para dar cobijo al propio sonido de la volutas que nacen mientras se consume el filtro de un cigarro. Tan impactante y descomunal es la esencia y el alma de este disco, crujiendo con sigilo al caminar sobre las viejas maderas de las casas que visita para radiografiar lo que acontece en ellas, que el viejo chiste dedicado a quienes contienen tanta expresividad en su arte que serían capaces de emocionar reproduciendo simplemente un libro de instrucciones, aquí se hace realidad. “Chicago”, prácticamente en exclusividad una enumeración de ciudades, logra percibirse tan sobrecogedor como el recitado del verso más voluptuoso de Shakespeare.

“Punching the Clown” es un hito, para la discografía de Lambchop pero incluso también para un ecosistema musical actual ansioso en su demanda por encontrar un camino que se separe de la norma común. Kurt Wagner lo ha logrado tomando el destino contrario, dirigiendo sus pasos hacia la más pura tradición, comprendiendo -y exhibiendo- que las viejas fórmulas de interacción entre creador y oyente, formuladas, eso sí, con la majestuosidad que le caracteriza, son el mejor aprendizaje para encontrar un oasis prácticamente inhabitado. Un enclave convertido en ese remanso nocturno al que ni el toque de queda cotidiano le puede impedir conversar con voz callada, pero intensa, sobre las experiencias vitales. Lambchop se ha encargado de, a través de una excepcional banda sonora, recoger esas existencias que por invisibles no dejan de estar cargadas de expresividad, poniendo voz y silencios a esa aparente fotografía en calma que sin embargo desprende la más ruidosa de las incertidumbres.

The Flamin' Groovies: Legendarios pese a todo


Sala Upload, Barcelona. Miércoles, 2 de septiembre del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas más infravaloradas en la historia del rock es, sin duda, The Flamin' Groovies. A pesar de haber surgido en 1965, en pleno apogeo de la San Francisco más psicodélica y florida, prefirieron abrazar el rockabilly de la década anterior. Unos años después, en pleno surgimiento del punk, ellos seguían llegando tarde a las modas para descubrir la "British Invasion" y rendirse de igual forma a los Beatles y a los Rolling Stones. Aunque su verdadero sello de identidad siempre fue la energía arrolladora de sus actuaciones y el poder de sus guitarras. Pioneros del garage rock, abrieron caminos para el proto-punk y para el power pop. Sin embargo, y a pesar de estar viva aún la formación, no gozan del reconocimiento y seguimiento merecidos actuando, al menos siempre que pasan por nuestras ciudades, en salas pequeñas salvando sus dos presencias en el Azkena, en donde los avispados organizadores les dieron el espacio merecido. 

Para este septiembre, la gira de los Flamin' celebra los más de sesenta años de su fundación y los 50 de la publicación de su emblemático disco "Shake Some Action" (1976). Una banda original de la que sin embargo únicamente se mantiene su líder y alma Cyril Jordan , que se acompaña por los miembros "sobrevenidos": Tony Sales (desde 2017) a la batería -por cierto, hijo del bajista de Tin Machine -; Atom Ellis (desde 2019) a la guitarra solista, Sean Fitzsimmons, a la guitarra rítmica, y Miki Rogulj al bajo, estos dos últimos fichados hace apenas un par de años. O dicho de otro modo para que quede bien claro: los actuales Flamin' Groovies son básicamente la banda de Cyril Jordan.

Con todo, siempre se antoja una buena oportunidad reencontrarse con ese legado de guitarras y temazos que nunca hemos dejado de escuchar, por lo que acercarse hacia la sala Upload era una perfecta manera de arrancar el curso de conciertos, lugar al que accedimos por la puerta de atrás debido a la coincidencia del concierto de Julieta Venegas en el Pueblo Español.

Ciertamente el concierto estuvo bien, quizás sí que arrancó de forma irregular pero fue de menos a más, con una banda que le da la energía debida para defender bien el legado que representan. Porqué al fin y al cabo, los Flammin' Groovies actuales no dejan de ser una especie de banda de covers de la legendaria formación con uno de sus capitanes a bordo. Y hay que reconocer que el bueno de Cyril está bien para tener 78 años, que los hizo el día antes de su concierto en Zaragoza, por cierto. Cumplió dignamente con su desgastada voz en algunas canciones, nos recordó lo buen guitarrista que siempre ha sido (ojo a la guitarra transparente molona que lleva) y no dio pistas de pronta retirada de los escenarios. Pero la clave de todo al final es que el septuagenario se ha sabido rodear muy bien con ese cuarteto de músicos que imprimen la energía necesaria (y exigible para la banda), destacando a Tony Sales con su destreza e impacto desde la batería y su potente voz.

Así surgieron gemas del álbum cincuentón como "You Tore Me Down", "I' ll Cry Alone", “Please Please Girl” o esa versión de “Misery” de los Beatles tan acelerada. También escuchamos la guitarra hipnótica de “Between The Lines" o el empate entre los Fab Four y los Rolling Stones con “Yesterday’ s Numbers”, aunque fue significativo que abrieran con el rockandroll “Let Me Rock”. La tralla guitarrera, la batería a todo trapo y los juegos de segundas voces nos recordaron por qué nos tiene encandilada esta banda, que es de culto. Para la recta final la esperada "Shake Some Action" encadenada con "Teenage Head" y una "Jumpin' In The Night" que cerraron el set antes del bis -previo paso por el escenario del legendario fotógrafo local Flowers- con una arrolladora “Slow Death” que puso cierre a la escasa pero intensa hora y cuarto de concierto.

Un concierto que nos devolvió la certeza de que, sin importar las décadas, los parches o las mutaciones en sus filas, la leyenda sigue viva. Puede que sobre el escenario viéramos a una especie de banda tributo capitaneada por su último gran héroe histórico, pero cuando el motor rítmico rugió y las guitarras se encendieron, como lo hicieron en la pequeña Sala Upload, demostraron que el rock underground de culto no entiende de jubilaciones, solo entiende de actitud, de sudor y de esa incombustible necesidad de seguir buscando un poco de acción.

Ilustres Principiantes: Blonde Poulain


Blonde Poulain es el proyecto independiente de Pablo Nicolás Botía (Murcia, 1992), una propuesta que cruza hip-hop, electrónica y pop alternativo con referencias al cine de ciencia ficción, el diseño y la moda. Su imaginario toma forma en “Blanc: L’Espace”, EP conceptual anticipado por “Objetivo: La Tierra”, “Polvo Cósmico”, “Off–WorldTM”, “Black Hole” y “Mirage” (2024–2026). A través de relatos sobre emociones humanas, viajes interiores, paisajes cósmicos y distopías futuristas, construye una obra donde sonido, imagen y dirección artística funcionan como un único lenguaje.

“Blanc: L’Espace” plantea una experiencia inmersiva basada en voces procesadas, atmósferas sintéticas y una producción cinematográfica. Esta identidad se expande al terreno visual mediante fotografía, vídeo y gráfica, dando forma a una estética minimalista y contemporánea, coherente con el universo sonoro.

Blonde Poulain ha presentado su trabajo en espacios culturales como el lanzamiento de “Objetivo: La Tierra” en Madrid junto a Jägermeister y D13C Studio. Sus videoclips han sido proyectados en la Filmoteca Regional de Murcia y Cines Embajadores, y ha formado parte del Festival Umurgentes, Metro Sound y la selección oficial de Rendibú.

Aitor Ochoa & Mad Mule: “Off the Grid”


Por: Kepa Arbizu. 

Cada cual cuenta con su propia historia escrita durante ese impuesto aislamiento social consecuencia de las restrictivas medidas pandémicas. A pesar de su dramática singularidad, aquel “contagioso” tiempo en realidad significó la extrema manifestación de muchos fantasmas que ya rondaban latentes a nuestro alrededor. Aunque sus gélidos alientos habían pasado desapercibidos entre el ruido rutinario, probablemente su presencia siempre estuvo ahí, apostada y deseosa de servirse de una fisura en nuestras artificialmente ajetreadas vidas, en este caso encarnada en un grito de advertencia con carga vírica, para hacer su estruendoso acto de aparición. Pero también, y dando cuenta del pésimo sentido del humor que a veces le gusta demostrar al destino, esa aleatoria tirada de dados que dirime el futuro se confabuló en ocasiones para citar dicha incertidumbre global con una más personal, haciendo del paisaje solitario que se observaba más allá de los cristales una réplica del desastre mudo reflejado en la propia alcoba. Una confluencia de apocalipsis cotidianos que zarandearon, y desarmaron, la vida de Aitor Ochoa pero que en paralelo alentaron la creación de un álbum sublime, hijo por igual de ese desconcertante nuevo estado y de esa majestuosa inspiración que solo acude a la urgente llamada del profundo desamparo.

Pero la zozobra emocional contenido en este “Off the Grid”, y trasladado a través de un rock inyectado de visceralidad eléctrica, parecía no quedar satisfecha con anidar exclusivamente entre sus canciones, extendiendo sus vacilaciones también al mismo hecho de su publicación. Ha tenido que ser casi un año después de estar alojado en plataformas de streaming cuando FOLC Records, y tras truncarse otra acordada edición previa en formato físico, haya salido al rescate para evitar que un álbum de estas dimensiones artísticas quedara huérfano de su condición de tesoro tangible. Una mano tendida que nos permite ver girar sobre el plato un desfile de espectros (humanos) a los que se les concede el habla a través de esas privilegiadas guitarras capaces de ejercer como portavoces del desgarro más íntimo.

Si como dicta el cancionero popular, la salud, el dinero y el amor conforman los tres pilares esenciales sobre los que se sustenta una deseosa estabilidad, la desintegración -al menos parcialmente- de todos ellos en el ecosistema del músico cántabro, resultó lo suficientemente trascendente como para copar el sustento de unas composiciones que ya habían comenzado su recorrido antes de aquellas primeras toses que estremecieron al mundo. Con el habitual paso restringido impuesto durante aquellos años, estos temas fueron configurándose entre la artesanía individual y los ocasionales tomas de contacto grupales. A pesar de ese inevitable errático itinerario, el álbum iba tomando forma, como su propio nombre indica, sumando múltiples desconexiones hasta dar a luz a un repertorio sobresaliente, que en su forma y fondo estaba siendo testigo, y a su manera protagonista, del derrumbe -particular y global- de unos muros de carga existenciales que de una mañana a otra mutaron en afligidos recuerdos.

Aitor Ochoa, integrante de los ya extintos y geniales Soul Gestapo, firma el segundo disco de su actual proyecto, acompañando a su nombre del apellido Mad Mule, dando no solo continuidad a la arrebatadora inauguración que supuso “All These Words Will Die Before The Morning”, sino consiguiendo aunar de una manera más identificativa y personal todas esas influencias que han ido alimentando su carrera. Esa perfecta disposición queda rubricada en piezas como “Circles”, una sinfonía del derrumbe auspiciada por los Bevis Frond más orgánicos y menos dados al despliegue instrumental, pero igualmente heredera de la intensa melodía propia del jangle pop. Constantes que laten en esa última copa, que a la vez supone la inicial de un nuevo periplo, escanciada en la dinámica y pegadiza “The Best for the Last”. Revoluciones rítmicas que, dando por buena la conversión “cántabra” ejercida sobre los icónicos Crazy Horse para esta denominación grupal (Mad Mule), hacen que Neil Young conduzca con la aguja de la velocidad al límite en “So Young”, una estremecedora lápida escrita por el paso del tiempo a ilusiones y futuros pretendidamente compartidos.

Aunque casi todos los caminos trazados a lo largo de este disco conducen a una meta exenta de condecoraciones para vencedores, y sí un gesto cabizbajo y abatido para quienes han visto sus mundanas expectativas vapuleadas, el itinerario de cada uno de esos desfiladeros contiene su particular hoja de ruta. Si el medio tiempo aparentemente delicado de “Painted Skies” escuece con un hipnótico chirriar de sus guitarras, tensa calma identificativa de proyectos como Silver Jews, que deambula hasta la explosión de desconsuelo que imponen esas seis cuerdas, el power pop enérgico -ese que durante los noventa se tiñó de rugosa consistencia- de “Monkeys” hace de lenguaje propicio para una ácida fábula, casi como reverso de la más social “Apeman” de los Kinks, donde imaginarse como primates parece el único colofón que alberga esperanza. Un vigor que brota imperial con la majestuosa y cruda “Is that Love”, agitada convenientemente con la furia procedente de Australia, concretamente desde vástagos como Spencer P. Jones, y que actúa cual cilicio sacrificando la propia culpa.

Ese rito de la desolación que supone observar las fotografías donde residía una vida hoy desaparecida, se expresa en este repertorio a través de celebraciones lúgubres de distinto orden. El obituario amoroso impartida por “The Last Time”, recurriendo a los ancestros melódicos del folk-country atravesados con el paso afligido pero emocionante de Jason Molina, se complementa con “Big Black Shadow”, doloroso retrato de esa estrella negra que crece en las entrañas con ánimo de parasitar cualquier atisbo de esperanza, para desplegar un manto crepuscular hecho de (creativamente) hermosas cicatrices. Una sombra que se dilata poderosa en una parte final del disco que acoge los pasajes beodos y románticos típicos de Jacobites, en “The Man I Have Become”, y se despereza esplendorosa en la épica congoja de “Drunken Ghost”, una ebria figura que deja su huella en forma de desierto silencioso donde ya ni se escucha el eco de lo vivido.

Los tornados más peligrosos y devastadores son aquellos que se presentan sin previo aviso, siendo precisamente la falta de indicios lo que les hace tan temibles. Frente a ellos poco se puede hacer, salvo intentar mantenerse en pie sobre el desnudo paisaje originado por su deflagración. “Off the Grid” es la secuencia de un derrumbe personal, el balance de daños ocasionado por la disolución de unas certezas emocionales que dieron paso a un eclipse existencial detallado, previo aplicación de un desbordante talento compositivo, en este diario sonoro. Se trata por supuesto de un duelo particular, pero también, el diagnóstico universal de ese vértigo que acecha cuando nuestro soporte se convierte únicamente en cenizas y recuerdos.

“Coming Up”, de Suede, sostiene la apuesta 30 años después


Por: Guillermo García Domingo. 

Hace 30 años contra todo pronóstico Suede publicó un disco destinado a no desfallecer en la lucha (casi siempre perdida) contra el paso inexorable del tiempo, bajo el título “Coming Up”, igual que la formidable canción funky que grabó McCartney en 1980. La dimisión previa de Bernard Butler, miembro fundamental de la banda, no auguraba este resultado ni mucho menos. Ninguno de sus seguidores habría apostado por semejante éxito. Y es que la pauta siempre la define, para bien o para mal, el disco anterior, que en este caso, se trataba de “Dog Man Star”. El siguiente disco supuso un reto más difícil si cabe, ya que, además, el que abandonó la banda británica era uno de los principales responsables de caracterizar cada una de las canciones de aquel álbum oscuro, como las aguas turbias de un lago del norte de las islas. Brett Anderson, artista gatuno, poseedor de muchas vidas, encontró la tabla de salvación en este disco, gracias a la inesperada contribución de un chaval de 18 años, Richard Oakes que se presentó al casting para relevar al guitarrista principal. Había asumido el sonido de Suede como nadie. También se subió al plantel el teclista Neil Codling. Y ambos no lo hicieron como convidados de piedra, Oakes y el teclista aparecen como compositores de la mayoría de los temas, junto a Anderson. El bajo Mat Osman y el batería Simon Gilbert, que a día de hoy siguen siendo miembros originales de Suede, continuaron al lado del vocalista. 

La escucha actual de “Coming Up” depara muchas sorpresas; su relieve ha cambiado, los singles triunfales han atenuado su pujanza, aunque “Beautiful Ones”, “Trash” o “Lazy” continúan siendo temas pasionales, de una sensualidad irresistible, mientras que las canciones a priori secundarias han subido escalones. “Picnic in The Motorway”, “Saturday Night” o “By The Sea” se reivindican como temas tal vez menos intensos pero extraordinarios en los que la voz de Anderson, que alcanza las notas más altas, a veces de falsete, lleva de la mano a las guitarras en la misma dirección ascendente. Lo que no ha cambiado, tres décadas después, es la majestuosa altura de “Chemistry Between Us”, las nieves de su cumbre permanecen perpetuas como sucede en el Kilimanjaro (antes del advenimiento del calentamiento global). Los motivos de sus guitarras afiladas que aparecen y desaparecen a su antojo, la voz insinuante de Anderson, las cuerdas que concurren al final, en uno de sus muchos finales, porque la canción se resiste a terminar (su duración se extiende 7 minutos), son solamente algunas de las posibles razones de su valor inestimable.

La publicación de “Coming Up”, le permitió a Suede acuñar su idiosincrasia singular en una escena plagada de grandes propuestas a través de dos elementos en continua tensión, las vigorosas guitarras y la voz andrógina de Anderson. Todas las canciones gozan de inicios apabullantes, dispuestas a quedarse en la cabeza desde la primera nota, y producidas con indiscutible elegancia por Ed Buller, que, por cierto, volvió a repetir con ellos en el reciente “Antidepressants” que tan buena acogida mereció en 2025. Las aguas profundas y turbias de del anterior disco dieron paso a canciones más limpias, menos confusas, sin que ello suponga un demérito atribuible a "Dog Man Star", ni mucho menos.

La reedición de “Coming Up”, prevista para finales de mes, incluirá, al parecer, entre otras novedades, una nueva mezcla de los temas, supervisada por los miembros del grupo. Otro “misterio” discográfico, uno de tantos, difíciles de entender, pues no se me ocurre que esta colección de canciones puedan ser mejores de como fueron grabadas en 1996. Además, con el fin de apreciar las capacidades como vocalista de Anderson habrá ocasión de escuchar “Shipbuilding” de Elvis Costello/Langer/Robert Wyatt, que Suede grabó para ser incluida en el disco colectivo “Help” de 1995, gracias al cual se recaudaron fondos para ayudar a los refugiados y desplazados de la terrible guerra de los Balcanes. En esta grabación soberbia, Suede no pudo contar, al contrario que Costello, con la trompeta del desaparecido Chet Baker, sin embargo, esta versión es genuinamente hermosa. No es un aliciente menor para aquellos que aún no tengan y quieran agenciarse un disco imprescindible. En aquel otro disco solidario participaron la mayoría de los grupos y músicos que hicieron posible esa época dorada de la música británica. Discos de la brillantez de “Coming Up” ponen de manifiesto que Suede no era uno de los menos importantes sino todo lo contrario.

Dolly Parton: Su vida a través de diez canciones


Por: Àlex Guimerà.

En un verano muy duro con pérdidas de nombres para la música española y mundial, el último mazazo nos llegó la semana pasada con el fallecimiento de una de las leyendas de la música country mas icónicas como es Dolly Parton. Carismática y poderosa mujer, fue artífice de muchas victorias para la clase trabajadora y para el feminismo, demostrando que una mujer podía ser una de las mas prolíferas y exitosas compositoras de siempre y haciendo gala de una personalidad e independencia artística y humana que la hicieron única. Para recordarla hacemos un pequeño repaso a su vida y a su carrera a través de diez de sus canciones. 

1) "Just Because I' m A Woman" (1967) 

Una de sus primeras composiciones de Dolly Parton fue este medio tiempo con el que dejó huella de su personalidad. Pues la canción surgió del enfado de su marido Carl Thomas Dean cuando se enteró de que ella había tenido una relación antes de estar juntos. Ello le hizo querer denunciar el doble rasero que había en la época sobre cómo se entendía la vida sexual y amorosa de una mujer respecto a la de un hombre. Esa frase letal "mis errores no son peores que los tuyos solo porqué sea una mujer" lo dice todo. Una formidable reivindicación feminista o de como las mujeres deberían de ser tratadas, respetadas y valoradas. Ya desde sus inicios Dolly fue la mejor valedora de los derechos de las mujeres, lo que siempre tuvo muy presente a lo largo de su carrera.

 

2) "A Coat Of Many Colours" (1971) 

Esta canción es un símbolo en sí misma. Y lo es porque nació del recuerdo de infancia de Dolly cuando su madre le cosió cuando un abrigo hecho de retazos de otras prendas. La Reina del Country se crió en una familia pobre de 12 hijos que vivía en una cabaña de dos habitaciones en las montañas de Tennesse. Afortunadamente a la edad de nueve años comenzó a cantar, a acudir a las radios y a concursos hasta que poco a poco sus impresionantes dotes vocales captaron la atención de una industria musical que acabaría produciéndole el primero de los 58 discos de estudio que publicaría en vida, "Hello, I' M Dolly" (1967). Sin embargo no sería hasta 1969 cuando yendo de gira en autobús compusiera esta maravillosa "A Coat Of Many Colours" que acabaría publicándose en 1971 y titulando uno de sus mejores larga duraciones de su carrera. Un tierno homenaje a sus orígenes y a la pobreza.

 

3) "Jolene" (1973) 

En 1973 Dolly ya gozaba de una gran popularidad entre el público seguidor del Country gracias a sus apariciones en el programa "Porter Wagoner Show" y a sus duetos con aquel. Pero ello no era suficiente para la nueva estrella ya que veía como se estaba encasillado en la figura de cantante "consorte", cuando ella tenía ambición de ir por libre, ser compositora y triunfar en la televisión por sí misma. Básicamente quería ser la única dueña de su destino, ya que para entonces su carrera estaba en manos del propio Porter Wagoner. Antes decidió componer el que sería su primer número uno y para muchos su mejor canción de siempre "Jolene". Una pieza country que trata sobre la lucha entre dos mujeres y sobre los celos de una mujer casada al que otra mujer le quita su marido. Al parecer la cantante se inspiró en una empleada del banco pelirroja que coqueteaba con su marido dando la letra de una canción que dio título a un disco con el que llegaría su verdadero despegue como artista. Por cierto, Dolly y Carl Thomas se casaron en 1966 y permanecieron juntos hasta la muerte de aquel el año pasado.

             

4) "I Will Always Love You" (1973) 

Compuesta la misma tarde y grabada en la misma sesión de "Jolene", Parton se sacó de la chistera la balada "I Will Always Love You". Una canción que tras publicarse llamó la atención del mismísimo Elvis Presley quien la quería grabar, lo que finalmente no sucedió por culpa del maldito Coronel Parker quien quiso imponer que su compositora les cediera la mitad de los derechos de autor de la obra. Sin embargo esta acabaría arrasando en todo el planeta mucho mas tarde, en 1992, cantada por Whitney Houston como parte de la banda sonora de la película romántica "El Guardaespaldas". A pesar de que en la memoria colectiva se ha identificado como una balada romántica en realidad fue compuesta como un personal agradecimiento de Dolly a su mentor Wagoner antes de que sus caminos se separaran.

                             

5) "Here You Come Again" (1977) 

"Here You Come Again" fue su salto definitivo al pop, cosechando un éxito mayoritario que anteriormente se limitaba a los circuitos country. Buscando un nuevo y moderno sonido para la artista, su discográfica quiso que grabara esta pieza pop de Barry Mann y Cynthia Weil - autores de "You've Lost That Lovin' Feelin'" de The Righteous Brothers - a lo que ella aceptó siempre y cuando pudiera controlar una grabación y producción. El resultado supuso un enorme éxito entre el público consumidor de la música popular y la obtención de su primer premio Grammy a la vez que alcanzaba la cima de las listas de ventas del momento.

 

6) "9 to 5" (1980) 

Una de las grandes facetas al margen de la música de Dolly Parton fue el cine. Sin embargo no emprendió la carrera de actriz hasta 1980 cuando protagonizó junto con Jane Fonda y Lily Tomlin la comedia "9 to 5" (traducida al castellano "Cómo eliminar a tu jefe"), una película y una banda sonora que tuvo un gran éxito de ventas y taquillas en una América que supo apreciar en un film ligero su carga crítica contra el sistema laboral y el machismo. La canción que da título al largometraje fue nominada a los premios Oscar y se convirtió en un símbolo de las luchas de los sindicatos. De nuevo Dolly dando en el clavo e iniciando una carrera en el cine que cuenta con muchas películas e importantes colaboraciones con actores y actrices de la talla de Sylvester Stallone, Shyrley McLaine, Sally Field, Burt Reynolds o Julia Roberts .

 

7) "Islands In The Stream" (1983) 

Curioso que uno de los temas más reconocibles de la estrella del Country no fuera compuesta por ella y no se grabara para un disco suyo. Y es que "Islands In The Stream" fue escrita por los Bee Gees para ser grabada en dueto junto a Kenny Rogers en un disco de aquel. A pesar de que la pieza originalmente fue escrita en modo rythm' n blues para Diana Ross fue reelaborada como balada Country para la dupla de cantantes. El resultado fue un contundente número uno en las listas de éxitos y la confirmación de ambos artistas como auténticos líderes de un género, el Country, que en los ochenta gozó de una enorme popularidad en los EEUU. No cabe decir que toda la carrera de Dolly estuvo plagada de colaboraciones con importantes músicos de los que destacan los discos "Trio" (1987 y 1999) junto a las grandes Linda Ronstadt y Emmylou Harris o "Honky Tonk Angels" (1993) junto a otras primeras espadas como Loretta Lynn y Tammy Wynette, pero también en discos de Willie Nelson o de su ahijada Milley Cyrus. Fuera de su género encontramos el disco "Rock Star" de 2023, publicado justo después de haber sido incluida en el Salón de la Fama del Rock and Roll, con colaboraciones con Elton John, Sting, Joan Jett, Paul Mc Cartney, Ringo o Linda Perry de los 4 Non Blondes, entre muchos otros.

 

8) "Tennesse Homesick Blues" (1984) 

Lanzada como banda sonora de la película "Rhinestone", esta canción gozó de popularidad en su día recordando nuevamente los orígenes de su autora. Como ya hizo en la formidable "My Tennesse Mountain Home" (1973) o en muchas otras que la siguieron, la mirada se dirigía hacia su natal Tennesse de la que siempre estuvo muy orgullosa y comprometida con su pobreza. Con un ritmo y una luminosidad especial, en ella Dolly expresa su añoranza hacia su tierra debido a la ausencia por culpa de su carrera. Otras de esa época siguieron su estela como "Appalachian Memories" (1983), en la que rindió homenaje a las familias trabajadoras de las minas de la región de los Apalaches - que en Tennesse además es origen de la música country-, o el villancico "A Smoky Mountain Christmas" (1986) con la que evocó los paisajes montañosos del estado.

 

9) "Family" (1991) 

Preciosa balada que dedica a la familia, hablando de su complejidad, de sus disputas y secretos con esa frase que tan bien supo definirla " eliges a tus amantes, eliges a tus amigos, pero no a la familia en la que estás buena, mala o indiferente, sigue siendo la familia". Dolly nunca dio la espalda a su familia, dedicando canciones a sus padres Avie Lee y Robert Lee a los que admiraba por sus esfuerzos, pero también sabiendo rodearse siempre de sus hermanos a quienes nunca dejó de proteger y cuidar, involucrándolos en sus proyectos y trabajos a lo largo de toda su carrera. Dolly no tuvo hijos pero acogió a sus más de 14 sobrinos como si fuera su madre ganándose el apodo de "aunt granny".

 

10) "The Grass Is Blue" (1999) 

En una década de los noventa en la que parecía que la industria musical quería apartarla, Dolly de nuevo supo navegar contra viento y marea volviendo hacia sus raíces y hacia las de la música country, yendo a las montañas Apalaches para crear un álbum titulado como la canción en la que volvía al bluegrass, con instrumentos acústicos, ritmos acelerados y ausencia de baterías. El tema en cuestión trata sobre una superación amorosa y sobre el autoengaño, con frases como " el cielo es verde, los árboles rojos y la hierba azul". El mundo cambiaba a las puertas del nuevo milenio pero Dolly recuperaba su trono con un álbum con el que ganó otro Grammy.

 

BONUS TRACK: CANCIONES OCULTAS: 

"The Bridge" (1968) 

La capacidad compositiva de la diva quedó patente desde sus inicios con gemas como esta. Una canción misteriosa e inquietante con una tenue y testimonial instrumentación en donde su voz apasionada nos relata una historia de desamor melancólico en la que nos deja entrever un fatal desenlace. Y es que la capacidad narrativa siempre fue una de las fuertes de Parton cuando escribía canciones en un legado en el que nos ha hablado de amor, empoderamiento, pobreza, lucha de clases en un sinfín de personajes.

 

"A Better Place To Live" (1971) 

Dentro del álbum " A Coat Of Many Colours" encontramos esta maravilla de estribillo pegadizo y letra esperanzadora. Y es que la canción que cierra el legendario disco es un himno a la hermandad, a la paz y al poder de los pequeños gestos. Una canción que bebía del folk de la década anterior pero que la gran Dolly supo llevar hacia los terrenos musicales campestres, con unos vientos y violines sensacionales.

 

"My Place in History" (2046) 

La lista de sus mejores canciones resulta incompleta por el momento ya que en 2015 Dolly grabó en estricto secreto una canción titulada "My Place in History" que dejó resguardada bajo llave dentro de una caja de madera de castaño americano junto a un reproductor físico de música. Para escucharla tendremos que esperar hasta el 19 de enero de 2046, fecha del centenario de su nacimiento. Al parecer, durante los últimos años la propia cantante se mostró arrepentida del experimento, afirmando que la canción era muy buena y que le habría ido genial añadirla en alguno de sus recientes discos.