Ricardo Virtanen & The Rockin’ Shakers: "Echoes Of An Era"


Por: Kepa Arbizu 

No es fácil que en el ámbito creativo, tan dado a erguir diques y hacer distinciones -a veces de sesgo clasista- respecto a los diversos formatos existentes, haya un nombre que cohabite con total naturalidad entre varios de ellos: ya sea músico, escritor, docente, crítico… Bajo todos esos “apellidos” se puede presentar Ricardo Virtanen, quien en el universo sonoro es especialmente (re)conocido por haber hecho latir con sus tambores las venas de Lobos Negros, posiblemente la primera y más representativa banda de rockabilly que ha atravesado la "piel de toro". Una credencial que por sí misma ya sería suficiente para abrir la puerta a cualquier proyecto avalado por su presencia, pero si se necesitara ampliar el currículum grupal para iluminar más su figura, se podrían añadir formaciones como Alcohol Jazz, Lucky Dados o Speed Limit Cruiser, todas ellas, pese a su diversidad, bajo el común denominador de mirar, unas de soslayo y otras con determinación firme, a músicas que incitaron a mover las cadera desde décadas pretéritas.

"Echoes Of An Era" se trata del primer EP editado por el madrileño en solitario, y haciendo bueno su nombre, son media docena de composiciones que han sido escritas por su puño y letra a lo largo de una longeva carrera que atraviesa cuatro décadas y que, si fuera por cuestión de la energía destilada en esta producción, en la que a pesar de contar con una pléyade de colaboradores asume la capitanía en todo tipo de instrumentos, parecería que estamos ante un lozano pero versado intérprete de impetuoso espíritu debutante. Pero una trayectoria como la suya, inundada de huellas dejadas a lo largo de la carretera, también ha sido fértil a la hora de cosechar amistades gremiales, y nada mejor que verter esos lazos en un trabajo que alcanza un cariz de celebración, algo intrínseco, por lo menos a priori, a ese lenguaje construido entorno a agitados ritmos al que llamamos rock and roll y que en su frondoso libro de familia se recrea este disco.

Con el nada disimulado ánimo de glosar todos aquellos matices que se esconden tras dicho concepto musical, la elección de poner frente al micrófono en cada uno de los temas a otros tantos invitados, además de significar un elemento de confraternización, es un excelente vehículo para dotar a cada una de las composiciones de sus propias señas identificativas, al mismo tiempo que otorgarles su espacio en un puzle global. Un escenario donde reinan, aunque no de maneara absolutista, aquellos sonidos ortodoxos que han marcado la genealogía del género, ya sea a través de ilustres personalidades, como Eddie Cochran, Gene Vincent o Bill Haley, o de las no menos trascedentes, pese a cargar con un relativo anonimato, biografías sonoras de Robert Gordon o Sleepy LaBeef. Un baúl de vinilos que se encarga de desempolvar (metafóricamente, porque aquí hay pruebas más que sobradas del constante uso y disfrute al que son sometidos) la siempre honda voz de Marcos Sendarrubias, que comanda un sobrio "Crazy for you love" delineado entre esos cortantes y oscuros riffs, alimento también de Lobos Negros, que más adelante bandas como The Cramps han pervertido convenientemente para engendrar el psychobilly. Por su parte, las ráfagas emitidas por el "Amor a primera vista" que relata Javi "Faraón" proceden de ese pegadizo boogie que han popularizado los Stones, o los Burning si se pretende hacer patria, y que en esta pieza se integra junto a una línea interpretativa muy melódica.

Esa concepción más orgánica y hasta cierto punto tribal, sin abandonar su papel vehicular, irá adoptando registros y condimentos a lo largo de la historia particular, y universal, que representa este álbum. Como todo buen compendio que venga estampado bajo el sello del rock and roll necesita su buena balada con la que llorar sin restricciones por los amores perdidos, condición que asume "Alone" de la mano de la imponente y elegante presencia vocal de Gwen Shaker, con trazas de diva clásica de jazz -acompañada de ese sempiterno piano en este caso domado por las manos de Jairo Martín- a la que su hábitat le convierte en Wanda Jackson o Peggy Lee. Una variedad de tonalidades que conllevan en paralelo otra tanta ristra de emociones y sensibilidades, por lo que podemos pasar de la desazón sentimental al intrigante personaje que protagoniza "El jugador", al que da vida un José "Insaciable" que nos imbuye en un cruce de caminos entre la configuración de gran orquesta -con la necesaria intervención del saxo de Kiko Flores- que encarnaría Los Mambo Jambo, el descarnado rockabilly de Ilegales o un tañer de cuerdas con sabor a salitre a lo Dick Dale. Imbricación de sonidos que resulta especialmente propicia para la fronteriza y envolvente "She’s A Hurricane", con la voz del propio autor y una sección de vientos, soplada por La Banda Los Ciervos de los Manatiales, con vocación de western escrutado por el indómito horizonte. Una fotografía que se vuelve campestre y bucólica en una extraordinaria "Little Song", donde nos encontramos con un David "Mad" Mayer, empeñado en pasar por ese Elvis Presley que dejaba de lado los contoneos para liberar su lado más country, rodeado de un perfecto juego entre electricidad y acústica que se da cita en una florida orquestación, entre banjos y lap steel,  fiel reflejo de ese jardín melancólico y agradable al que nos invita la canción.

"Echos of An Era"  no es un disco carente de pretensiones, de lo que se zafa es de esa artificial pretenciosidad que a veces se intenta adjudicar al rock and roll, retomando en esta media docena de piezas su condición primigenia. Un vocabulario que nació con la nada desdeñable intención de convertirse en fuente de diversión, de compañerismo, unos ritmos provocativos que nos enseñaron a bailar incluso al compás de nuestras heridas más íntimas. Puede que se trate sólo de canciones, pero de la misma forma que la vida es sólo eso, la vida.